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Al reflexionar sobre la historia de la humanidad, es imposible ignorar el papel central que la guerra ha jugado en la conformación de sociedades, culturas y sistemas económicos. Cada época, cada rincón del planeta, ha presenciado conflictos que, lejos de limitarse a disputas territoriales o económicas, han significado batallas profundas entre diferentes concepciones del mundo. En este contexto, la guerra adquiere un sentido más allá de la violencia: se convierte en el escenario donde la diversidad enfrenta al monoculturalismo capitalista, y donde el futuro de la pluralidad humana se pone en juego.
La lucha de clases: amplitud y malinterpretaciones
Cuando Marx y Engels introdujeron el concepto de “lucha de clases” hace más de dos siglos, provocaron una revolución conceptual que impactó la política, la filosofía y las ciencias sociales. Sin embargo, con el tiempo, esta categoría fue restringida y, en muchos casos, reducida a una simple confrontación entre la clase obrera y los capitalistas. La visión original, sin embargo, abarcaba toda la historia de la humanidad y todas las formas de sometimiento, explotación y expoliación a lo largo del tiempo.
Marx y Engels, en el Manifiesto Comunista, sentenciaron: “La historia de todas las sociedades existentes hasta la fecha es la historia de la lucha de clases”. Esta afirmación no se limita a la confrontación laboral-industrial del siglo XIX, sino que abarca la totalidad de la experiencia humana. “Clase”, en este sentido, hace referencia a cualquier grupo sometido frente a quienes detentan el poder, aquellos que buscan imponer una uniformidad y apropiarse de los medios materiales y simbólicos de producción.
Uniformidad versus diversidad: la raíz de los conflictos
La guerra, leída en esta clave, puede entenderse como la manifestación última del choque entre la uniformidad y la diversidad. Los grupos dominantes, enarbolando banderas de progreso, civilización o modernidad, han buscado históricamente imponer modelos únicos de vida, pensamiento y organización social. Este impulso uniformador se acompaña de la apropiación de recursos, territorios, culturas y hasta de la memoria colectiva.
Por otro lado, quienes han resistido estos embates han encarnado la diversidad en sus múltiples formas. Han preservado lenguas, costumbres, ritos, danzas, vestimentas, modos de vida y cosmovisiones que desafían la lógica de la homogeneización. Así, la guerra, en su sentido profundo, es también la defensa apasionada de la diferencia y la pluralidad.
La sofisticación de la guerra y su fetichización
A medida que las sociedades humanas se transformaron en ciudades-estado, estados-nación, países y bloques supranacionales, la guerra evolucionó hacia formas cada vez más complejas y sofisticadas. Sin embargo, los análisis contemporáneos sobre la guerra muchas veces pierden de vista su raíz: la disputa por la diversidad frente al monoculturalismo. Se citan razones geopolíticas, económicas o religiosas, pero rara vez se reconoce el trasfondo de la imposición de un modelo único sobre una pluralidad amenazada.
Siguiendo a Marx, podríamos afirmar que la guerra también ha sido “fetichizada”: convertida en una abstracción, despojada de su conexión con las fuentes materiales y culturales que la originan. Bajo esta óptica, la violencia organizada se presenta como inevitable o natural, cuando en realidad responde a intereses concretos y a la perpetuación de estructuras de poder uniformizantes.
La resistencia creativa: arte, cultura y sobrevivencia
Frente al avance del monoculturalismo capitalista, las formas de resistencia se han multiplicado y diversificado. La creatividad humana ha encontrado en el arte, la música, la danza, la literatura, la gastronomía y las expresiones populares, caminos para la afirmación de la identidad y la defensa de la diferencia. El acto de bailar, de vestir colores propios, de cantar en lenguas ancestrales, de celebrar rituales y fiestas, se convierte en un gesto político de resistencia y, al mismo tiempo, de liberación.
Estas expresiones no sólo desafían la uniformidad, sino que también permiten la subsistencia y el florecimiento de comunidades enteras. La resistencia cultural es, por tanto, una forma de guerra no convencional, que opera en los intersticios del poder y la cotidianidad, generando espacios de autonomía y creatividad frente a las lógicas de sometimiento.
El monoculturalismo capitalista y la aniquilación de identidades
El capitalismo, en su versión más avanzada, no sólo busca la acumulación de riquezas, sino también la creación de un mundo homogéneo, donde las diferencias se reduzcan a meras particularidades mercantilizables. El monoculturalismo capitalista impone una visión única del desarrollo, la modernidad y el éxito, socavando la riqueza de las identidades humanas.
Las guerras coloniales y neocoloniales, el exterminio de pueblos originarios, la destrucción de lenguas y tradiciones, constituyen ejemplos concretos de esta lógica. Los países que hoy ostentan mayores niveles de desarrollo son, en muchos casos, aquellos que más han aplastado y absorbido a las culturas originarias, imponiendo un modelo de organización social, productiva y simbólica ajeno a la diversidad.
La guerra como forma de vida y subsistencia
Para quienes resisten la uniformización, la guerra no es sólo un enfrentamiento físico o material, sino una forma de vida. Es la voluntad de seguir existiendo, creando y cultivando la diferencia, más allá de las embestidas de los poderes uniformadores. La guerra, desde esta perspectiva, es una danza incesante entre la opresión y la rebelión, entre la sumisión y la creatividad.
La organización de la violencia por parte del poder dominante genera, en respuesta, formas de organización social basadas en la solidaridad, la cooperación y la invención cotidiana de alternativas. Así, la guerra se transforma, para los sometidos, en un proceso de afirmación vital, donde la resistencia y la creatividad se funden en la lucha por la subsistencia y la dignidad.
Conclusión: El futuro de la diversidad frente al monoculturalismo
La historia de la humanidad, leída desde la lucha entre la diversidad y el monoculturalismo capitalista, revela que la guerra no es sólo un fenómeno de destrucción, sino también de creación, reinvención y esperanza. Mientras existan personas dispuestas a defender su diferencia, a crear y recrear formas de vida alternativas, la uniformidad absoluta será sólo una amenaza, nunca una realidad consumada.
El reto del presente es reconocer el valor insustituible de la diversidad como fuente de riqueza, creatividad y resiliencia. La guerra, en su sentido más profundo, es la batalla por el derecho a ser diferentes, a vivir y a imaginar mundos posibles más allá de los límites impuestos por el monoculturalismo. Así, la verdadera victoria será la de quienes, en cada acto cotidiano, desafían la homogeneización y enriquecen el tapiz plural de la humanidad.
Autor: José Justo Calderón Dongo
(Arequipa, 1971)
Antropólogo, estudioso de la obra de José María Arguedas, así como de la obra de K.M., escritor comprometido, y militante desde la producción audiovisual.
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Qué buen artículo José Justo!