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Una de las más dramáticas y bellas narraciones de como un ser humano se hunde en la locura, literariamente hablando y con lo doloroso que es, está en cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Con un lenguaje entre despiadado y tierno el poeta sumerge al patriarca José Arcadio Buendía a vivir el resto de su vida a la intemperie, sentado en un banquito, atado por la cintura y bajo un castaño centenario.
Todo empieza cuando José Arcadio Buendía logra conectar una bailarina de cuerda al mecanismo del reloj y el maldito juguete baila al son de su propia música tres días. Será su último hecho real, físico. Luego se perderá en sus recuerdos de una manera dramática, conmovedora. Un objeto tan delicado, infantil, de movimientos sin gracia ni sensualidad será suficiente para privarlo del sueño y la comida. El contraste es despiadado, casi una burla; un hombre que en otros tiempos era el referente de la comunidad, dotado de una fuerza descomunal capaz de derribar un toro agarrándolo por los cuernos sucumbe ante una bailarina de juguete de unos cuantos centímetros pero que en su interior concentra conocimiento del más avanzado.
Ciertamente, a José Arcadio Buendía no le interesa el juguete sino la utilidad del movimiento. Uno siente compasión por él, porque es el bienestar de su comunidad el que lo preocupa y lo precipita en la locura. Toda su vida fue curiosear en lo nuevo con el fin de hacerles la vida más cómoda a sus vecinos, como cuando emprendió con unos cuantos hombres la búsqueda de una ruta que conecte a Macondo con los grandes inventos y fracasó.
La primera consecuencia en el precipicio de la locura de José Arcadio Buendía es que nunca más interactuará con el mundo que lo rodea, sus aparatos de alquimia, el taller de orfebrería, y el daguerrotipo perderán todo interés para él, su vida mental se desconectará del presente, tanto así que cuando llegan Úrsula y Amaranta no las reconoce. Lo único que pueden hacer es soltar las sogas para que no le ulceren las muñecas, luego le construyen un cobertizo de palma para resguardarlo del sol y la lluvia. (Siento pena).
Entonces en su mente se instalan los muertos, toda una noche llama a Melquiades, a Prudencio Aguilar y a todos los muertos que podía recordar. Silencio. Nadie irá a su encuentro. Llama con especial énfasis a Prudencio Aguilar, su enemigo a raíz de una pelea de gallos. Sucede que el gallo de Prudencio Aguilar pierde una pelea contra el gallo de José Arcadio Buendía, entonces el perdedor se pica y le tira en cara un rumor intimo con el fin de que escuche la gallera, que Úrsula seguía virgen a pesar de que llevan casados hace tiempo: “Te felicito, a ver si por fin ese gallo le hace el favor a tu mujer”. Ese dicho al calor de la derrota le costará la vida a Prudencio Aguilar. También llora por su papá, por su mamá, por Prudencio Aguilar, por Melquiades y por todos los muertos que podía recordar.
En la locura nada es suficiente, siempre se puede apretar un poco más. A José Arcadio Buendía se le paraliza el tiempo un lunes, de modo tal que para él todos los días serán lunes. La falta de diferencias entre un día y otro acaban por caotizar su mente. “la máquina del tiempo se ha descompuesto”, concluye sollozando. El viernes vigila la naturaleza en busca de cambios y se convence definitivamente que sigue siendo lunes.
Entonces su decepción es completa. Sin tiempo que oriente su vida, la emprende contra los aparatos que lo habían tiranizado desde que llegaron los gitanos de Melquiades arrastrando unos imanes. Con la tranca de la puerta pulveriza todo, gritando en un idioma incomprensible. Sabido es que los locos tienen más fuerza, Aureliano con la ayuda de los vecinos lo reducen y lo atan al castaño donde Úrsula lo encontrará con una cara de inocente.
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Autor: Samuel Alvarez Roque
(Moquegua, 1964)
Tiene estudios de Literatura en la UNSA. Estudió en el ICPNA. Ha realizado traducciones académicas y literarias. Y se dedica a la composición fotográfica.
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