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El cuento breve El rey sabio, de Kahlil Gibran, relata la historia de un monarca cuyo pueblo pierde la cordura después de beber de un pozo embrujado. El rey cree que, si se abstiene, gobernará con mayor lucidez; sin embargo, la presión de una comunidad ya trastornada termina por arrastrarlo: bebe también y queda tan “cuerdo” como sus súbditos, es decir, igualmente enajenado.
La narración evidencia, de manera difícil de refutar, la fuerza de la presión social: cuando el entorno normaliza lo irracional, se vuelve casi inevitable adoptar esa misma mirada, más aún si dentro del colectivo se ocupa una posición de liderazgo.
Por ello, describir la conducta de ciertos líderes que actúan con desequilibrios ostensibles no es una tarea simple: antes que reducir el problema a un diagnóstico individual, conviene examinar las condiciones sociales, políticas y económicas que los producen. Así, nos apartamos de la concepción clínica tradicional de la locura para entenderla, también, como un fenómeno colectivo, político y social.
LA SOCIEDAD CAPITALISTA: EJE DE LA LOCURA
Las potencias hegemónicas han instalado en el lenguaje global etiquetas destinadas a encasillar a las naciones que no se acomodan al capitalismo mundial ni al modelo de “democracia” de fachada que promueven. Las nombran como “eje del mal” o “eje terrorista”, insinuando —por contraste— que ellas mismas encarnan el polo virtuoso y legítimo.
El capitalismo se ha disputado con vehemencia ese componente moral: ser reconocido como “el lado bueno” del mundo. Para preservar tal percepción recurre no solo a la propaganda masiva, a una industria intelectual remunerada y a mecanismos de imposición disuasivos o coercitivos; además, debido a que su naturaleza suele contradecir aquello que proclama, necesita sostener una lógica escindida, cercana a lo esquizofrénico: decir una cosa y ejecutar otra.
En esa línea, autores como Deleuze y Guattari sostienen que el vínculo entre capitalismo y locura no es casual, sino estructural: el capitalismo opera produciendo y, a la vez, reprimiendo la esquizofrenia.
Incluso la industria del entretenimiento se apoya en una fórmula patológica y patologizante. El cine estadounidense —y sus múltiples imitadores— se ha convertido en una fábrica de relatos de terror y horror donde la demencia, el desajuste y la violencia aparecen como patrón reiterado. Esta maquinaria cultural, además, figura entre los pilares del que aquí llamamos “eje de la locura”.
Denominamos “eje de la locura” a los países que han abrazado el credo capitalista más deshumanizante y agresivo, recubriéndolo con el maquillaje de una democracia solo nominal.
Sin embargo, es el plano económico el que merece una atención particular para comprender la dimensión delirante de este sistema.
La demencia comienza con un hecho elocuente: el principal “producto” de exportación de Estados Unidos no es la tecnología ni la manufactura, sino su propia moneda, el petrodólar.
EE.UU. emite moneda sin un respaldo equivalente en producción interna y, aun así, presiona para que el mundo la utilice como medio de intercambio energético, especialmente para comprar petróleo. Es una economía sostenida por la deuda. Para que el dólar conserve su valor, necesita garantizar que los recursos estratégicos de otros países —sobre todo del Sur Global— continúen comercializándose en dólares. Cuando algún Estado intenta alterar ese circuito (como sugieren los antecedentes de Libia o Irak), la respuesta tiende a expresarse en términos de fuerza. Se trata, entonces, de un orden que se mantiene bajo la amenaza permanente de la violencia.
Desde la teoría crítica, David Harvey ha explicado que el capitalismo contemporáneo ya no crece únicamente por “reproducción ampliada” (producir más), sino también por despojo directo: apropiación de tierras, agua y biodiversidad en países periféricos; uso de la deuda externa para asfixiar economías nacionales y forzarlas a rematar recursos a corporaciones transnacionales. Es una “demencia” en la que el valor se extrae destruyendo la capacidad de supervivencia del otro.
El complejo militar-industrial actúa como motor de esta patología. La economía estadounidense funciona, en buena medida, como una economía de guerra permanente: para que el negocio de la defensa (Lockheed Martin, Raytheon, entre otros) sostenga su rentabilidad, el planeta debe permanecer en tensión. La paz se vuelve, para ese sector, una recesión. Así se instala un incentivo estructural a la desestabilización de regiones ricas en recursos: el “saqueo” no se limita al petróleo, alcanza también la soberanía de los pueblos, cuya erosión sirve para justificar el gasto militar que alimenta el PIB.
La geopolítica practicada bajo esta lógica resulta abiertamente escindida: existe una contradicción radical entre el discurso y la práctica. Se invoca el “libre mercado”, la “democracia” y los “derechos humanos”, mientras en los hechos se aplican sanciones, bloqueos y se respalda a regímenes autoritarios si estos aseguran el flujo de recursos hacia el Norte Global. Esa disonancia sostiene un orden mundial esquizofrénico: se proclama la libertad al mismo tiempo que se recurre al lawfare (guerra jurídica) y a la coerción para despojar a naciones de bienes estratégicos (litio en Bolivia, petróleo en Venezuela, tierras raras en África).
TRUMP NO ES UNA EXCEPCIÓN, ES LA REGLA
Para una parte considerable de la ciudadanía mundial, el comportamiento errático de Donald Trump parece confirmar que asistimos a un espectáculo inédito: el del “rey loco”, una anomalía dentro de un país cuyos gobernantes serían, por regla general, equilibrados y circunspectos. Sin embargo, a la luz de lo expuesto, difícilmente haya idea más equivocada. Trump no constituye una rareza; expresa la norma de un sistema perturbado desde sus raíces.
Para dimensionar esa continuidad, basta un recuento —necesariamente incompleto— de decisiones emblemáticas asociadas a distintos presidentes estadounidenses:
- Harry S. Truman (1945–1953): bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki.
- Lyndon B. Johnson (1963–1969): escalada de la Guerra de Vietnam, apoyada en el “incidente del Golfo de Tonkín”.
- Richard Nixon (1969–1974): escándalo Watergate y bombardeo secreto de Camboya.
- Ronald Reagan (1981–1989): caso Irán-Contra: venta ilegal de armas a Irán para financiar clandestinamente a la “Contra” en Nicaragua.
- George W. Bush (2001–2009): invasión de Irak (2003) bajo la premisa falsa de “armas de destrucción masiva”.
- Barack Obama (2009–2017): Premio Nobel de la Paz (2009) y, a la vez, expansión de ejecuciones extrajudiciales con drones; intervención en Libia (2011), que contribuyó a transformar a un país relativamente próspero en un Estado fallido.
Faltarían tiempo y páginas para enumerar la cantidad de contradicciones, disociaciones y dobleces en que han incurrido los ocupantes de turno de la Casa Blanca. No se trata de meras extravagancias individuales: son representantes coherentes —aunque inquietantes— de la sociedad de la que provienen, una sociedad profundamente enferma en sus fundamentos.
En esa arquitectura, Trump, insistimos, no es la excepción: es la regla.
Autor: José Justo Calderón Dongo
(Arequipa, 1971)
Antropólogo, estudioso de la obra de José María Arguedas, así como de la obra de K.M., escritor comprometido, y militante desde la producción audiovisual.
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