Para escribir sobre las mujeres me falta ovarios y me sobra prejuicios.
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Ursula Iguaran debe ser el personaje más silencio, pero a la vez más entrañable para los lectores de Cien Años de Soledad, pues en ella vemos a nuestra madre, a nuestra abuela de carne y hueso.
Mi abuela Adela era esa puerta que de niño me comunicaba a un mundo mágico y desaparecido, ella me contaba, en esas noches sin la invasión del televisor, que había conocido a brujas reales y que sabía el método ancestral y perdido para capturarlas y que ella misma lo había probado. La recuerdo de luto estricto, incluido velo, el viernes santo, ese día sagrado donde Dios estaba muerto. Todavía la veo atareada preparando los potajes para el cumpleaños de su hijo, mi padre, o con su vestido verde, un verde escandaloso, demostrando que el color tiene que ver con el festejo de la vida.
Mi abuela venia de un mundo patriarcal y machista y por ser el único mundo que conocía creía que era el mejor, por ello, por el amor que nos tenía, ese mundo debía continuar inalterable y cualquier critica era motivo para imponer su voluntad vertical y firme, por ello mi adolescencia fue rebelde y de rabia, al descubrir que ese mundo que ella reproducía y que defendía simplemente la utilizaba sin darle la opción a comunicarse con otro diferente.
Recuerdo que, en su vejez, siguiendo la obsesión de Ursula Iguaran por tener un Papa en la familia, me decía “solo quiero verte de abogado y luego morirme” y se murió sin verme de abogado y sin ver las lágrimas negras que, a solas, derrame por su partida, al descubrir que su muerte era una pequeña muerte en mi corazón, ese corazón soberbio que en un momento de arrebato le deseo la muerte cuando los conflictos generacionales llegaron al extremo.
Mi tía-abuela Vicenta por el contrario era otra versión, con ella viví ya de joven, en su casa sólo los dos. Su convicción católica era de admiración, cada día a las seis de la tarde en punto se encerraba en la sala para rezar el rosario, media hora exacta y luego a cenar. Su religiosidad era tolerante, pues de otra manera no me hubiera soportado que, desde el segundo piso, donde vivía, algunas noches, para ser preciso varias noches a la semana, se expandiera los sonidos de las bandas de rock que nos gustaba reproducir en el equipo de sonido o en vivo gracias al talento artístico de varios de mis amigos. De ella recuerdo una frase que siempre me pareció dura y a la vez llena de afecto: “comes como un perro: solo y la comida fría”. Ella que comía la sopa hirviendo le parecía una barbaridad, en el sentido estricto de la palabra, que una persona no utilizara la cocina o el horno microondas para comer la comida caliente. Y eso de “comer solo” siempre me pareció una invitación a valorar la familia, la compañía, la amistad, pues por esas cosas extrañas de la vida ella no había tenido hijos y era viuda mucho tiempo, por ello creo que era un reclamo para su destino, pero también una invitación a valorar la vida en compañía.
Arequipa, 2026 marzo 07
Autor: Hector Juarez Camargo
(Arequipa, 1968), Humano, demasiado humano. Aprendiz. Abogado (UCSM), licenciado en Filosofía (UNSA), magister en Ciencia Política y Gobierno (PUCP)
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