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“No importa cuanto sepas, no importa cuanto pienses, no importa cuanto maquines, finjas y planees, no estas por encima del sexo.”
David Kepesh.
El amor entre humanos probablemente empieza con una mentira. La civilización no ha desarrollado un método que haga la transición entre el salvaje que se disponía a tomar a la hembra a partir de indicios biológico-visuales con los que había evolucionado, para los que estaba capacitado y el avergonzado y pudoroso hombre de terno y corbata lector de la biblia. Dado este vacío existencial el macho de ordenador y cigarrillo que vive en el temor de dios no sabe cómo andar esa parte del camino, entonces ha tenido que echar mano a las infinitas tretas en las que se cimienta la civilización.
El lenguaje expresa con claridad lo que deseamos; por ejemplo, esta es una piedra, estas unas gardenias para la María, aquella una estrella cefeida, esto un secador de lechugas, etc. Todos agradecemos la precisión, consenso, y la ciencia, y la gastronomía son posibles a partir de esta claridad, pero en el amor como que no sirve, es demasiado real.
En este callejón sin una salida honorable queda montar una construcción repleta de actos cómicos, entonces tienta requerir su amistad. Nadie solicita la amistad de nadie ya que es un bien libre y espontáneo. Jamás queríamos la amistad de alguien que nos atrae sexualmente porque los derechos del amigo son limitados e indignos de un hombre en apuros hormonales. Por lo pronto la treta ayuda a avanzar. Luego hay que montar otra porque el comportamiento de amigos ya no coincide con la de un hombre que se revuelca en el lodazal de los celos.
David Kepesh protagonista de, el animal moribundo, Philip Roth, 2001. Es un reputado profesor universitario y crítico cultural que acostumbra a acostarse con sus alumnas. Para no tener problemas al final del seminario de escritura crítica monta una fiesta en su apartamento y ahí se trinca a la que puede. Un día conoce a Consuelo Castillo de 24 años de su edad y él de 62. Al verla queda hondamente impresionado por su comportamiento, en algún momento es asaltado por el fango de los celos y ya nunca lo abandonará el temor a perderla a manos de otro hombre. En un tramo de la fiesta la arrastra a la biblioteca con el pretexto de enseñarle un gran volumen de reproducciones Velazqueñas y un manuscrito de Kafka. Ella aprende algo, por primera vez, acerca de Velazquez, y él, una vez más, sobre la deliciosa imbecilidad de la lujuria. “¿Por qué hago tales cosas?” Se pregunta. Si la idea es fornicar. Esto no es seducción, es la puta lujuria, concluye lucidamente. Es verdad que siente curiosidad por ella porque quiere follarla. Velazquez y Kafka salen sobrando, no los necesita. Van conversando como veinte minutos, en tanto se pregunta cuanto voy a tener que aguantar; tres, cuatro, quizá ocho horas. “¿Que tiene esto que ver con sus tetas, su piel y su porte?” el coqueteo no le interesa lo que quiere es buscar una salida a su impulso salvaje. Esto no es seducción, es comedia. Un artificio creado por la lujuria y algo socialmente apropiado que ayuda a resolver el asunto.
En el estadio de la civilización pasa por el lenguaje todos los actos de la vida en primera instancia, por un tiempo los reemplaza, quedan capturados en una abstracción, pierden impulso, se tiñen de vergüenza y miedo. Ahí se los examina y decide ejecutarlos o no. En otros tiempos las cosas que necesitaban se las efectuaba sin ninguna intermediación del lenguaje, como por ejemplo cazar animales más salvajes que el cazador. Sobraba la obligación de inventar un mundo mental paralelo encapsulado en el lenguaje. Todo era directo. Necesidad=ejecución.
De aquellos viejos tiempos todavía queda un pedacito impoluto tal como lo concibió la evolución y donde el lenguaje no ha metido sus narices: la cópula. Seguramente el acto más serio del mundo, carente de burlas, teorías a las que es tan aficionado el ser humano, risas, comentarios, ironías, etc. Tampoco es una operación que lleve a la alegría, por curioso que parezca, todo lo contrario, da la impresión que la pareja fuera al matadero. Por su solemnidad esta más cercana a la religión. No lo regula ninguna ley humana, la naturaleza en su versión más pura. Acompañado solo de gemidos primitivos, igual que las bestias, y que no es considerado lenguaje si no un aliviador de las tensiones del placer. No hay nada que decir porque el lenguaje en este caso no ha logrado teorizar el acto sexual.
¿Habrá algo mejor que el silencio para un final taquicárdico? Pero si insistes en ser agradecido, como Oliver Rose, podrías repetir con voz de plegaria, al final de la monta, tres veces; bendita seas, bendita seas, bendita seas.
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Autor: Samuel Alvarez Roque
(Moquegua, 1964)
Tiene estudios de Literatura en la UNSA. Estudió en el ICPNA. Ha realizado traducciones académicas y literarias. Y se dedica a la composición fotográfica.
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