![]()
Empezaré este artículo planteando una pregunta de origen: ¿es el amor una ideología que se puede imponer como el gusto por la comida chatarra, la moda del iPhone o algunas otras sensibilidades impuestas?
La respuesta categórica es sí.
![]()
Asistimos a tiempos donde el amor es una ideología comercial, un producto que se compra y se vende, una oferta que tiene demanda; pero la esencia del amor ya no es la misma de aquellos tiempos donde el amor era otra cosa.
Entonces, no solo deberíamos referirnos al amor como tal; en todo caso, antes de hablar de él, deberíamos hablar de otros sentimientos, emociones o sensibilidades. Todas, en estos tiempos, han sido manipuladas a extremos inconcebibles, de tal suerte que tenemos una realidad atiborrada de amores ridículos y de amores perversos.
El neoliberalismo nos ha penetrado en todos los rincones de nuestra intrincada existencia. Las relaciones humanas se han neoliberalizado; esto quiere decir que la lógica del mercado ha impuesto un comportamiento humano basado en el individualismo y la competitividad más extrema. La realidad social está caracterizada por una fragmentación que nos remite a sacar lo peor de nosotros mismos: la precariedad laboral estrangula nuestra ética y moral, y la autenticidad se aprecia como un valor obsoleto. Siendo la trampa, el engaño y la falsificación formas normalizadas de ser, vemos como paradigmas a sujetos de propaganda que enaltecen la alevosía y lo desaprensivo.
Es un paisaje cómodo para las grandes mayorías que consumen propaganda en sus celulares y que se engolosinan, con sus nerviosos dedos, en un scroll infinito. Esto los programa como «población conejo», nos condiciona a la publicidad y los convierte en zombis sin ideas propias. Es común en estos días mirar uno o dos videos virales en las redes sociales y luego encontrarte con tal o cual persona, al azar, que te repetirá casi palabra por palabra lo que esos videos sostienen. Lo harán con una convicción tan vigorosa, convencidos de que son ideas propias, que ellos se han esforzado por tenerlas, por poseerlas, por hacerlas suyas. Son opiniones que les han impuesto en un abrir y cerrar de ojos, y que asumen como suyas con una satisfacción digna de encomio.
Y claro, como algunos de mis avisados lectores ya advertirán, no se trata solo de observar esta degradación humana en cuestión de opiniones, comentarios o temas de conversación atiborrados de «información» proveniente de las redes sociales, de los TikToks o de YouTube. Eso es ya tan evidente, que afirmarlo aquí me sabe a refrito agrio.
Si esta manipulación mediática —de los viejos y nuevos medios de comunicación e información: cine, TV, redes sociales, radio, canciones y un largo etcétera— quedara solo en el terreno de los comentarios y las opiniones, la sociedad tendría un gran problema, pero con un poco de educación compleja podría solucionarse. El tema es que esto no queda allí: este mangoneo de las conciencias también aliena sus sentimientos y emociones.
En el momento en el que vivimos, ¿quién no siente amor por los perros y los gatos, pero no así por los árboles, las plantas ni por otros animales, como las aves silvestres y las abejas?
Seguramente muchos pensarán que esta pregunta no solo es incómoda, sino que es injusta o, peor aún, estúpida. Sostendrán de primera impresión que los que aman a los perros y los gatos también aman a las plantas, a las aves y a toda la naturaleza. Esta respuesta es una respuesta condicionada por las redes sociales y la propaganda; no ha sido analizada ni pensada en toda su profundidad. Sobre el tema de perros y gatos no hay dudas, solo certezas; por lo tanto, no es necesario pensar, investigar ni contrastar. Solo sentir el infinito amor por ellos.
Entonces no cabe, ni por asomo, enterarnos de cuál es el alto impacto ambiental que causa la crianza ilimitada de estos animales: las emisiones de CO2, el uso de recursos, la evaluación del desecho de residuos sólidos dedicados y lo contraproducente de sus heces y orina. Un dato más: no son pocas las fortunas de los gigantes corporativos de EE. UU. que se han hecho en base a la industria y el negocio de las mascotas (Mars Petcare con Pedigree y Whiskas, Nestlé Purina), destacando también inversores en retail como Chewy y PetSmart, entre otras inversiones multimillonarias.
El Perú no escapa al negocio de perros y gatos. La familia Mulder ocupa el puesto 15 de las familias más ricas del Perú con el Grupo Iskaypet, Superpet y QSI, dedicados al lucrativo negocio que tiene como base la propaganda del amor a las mascotas.
¿Pasará lo mismo en el amor entre humanos?
Es peor. Humanos que han humanizado a estas dos especies de animales las valoran más que a otros humanos. Un breve recorrido por las redes sociales nos permitirá evidenciar que muchos de los que aman abnegadamente a perros y gatos, y que sienten una profunda devoción y solidaridad por su bienestar —compartiendo mensajes de sensibilización por la situación de caninos y mininos—, jamás han compartido un solo posteo sobre el genocidio en Gaza, el hambre de miles de niños o la muerte de estos. «Son humanos, y los humanos se pueden valer por sí mismos; en cambio, los perros y los gatos no».
La figura queda completa cuando asistimos al espectáculo del amor humano. En estos tiempos, cualquier relación amorosa entre dos personas debe estar acompañada por una de estas mascotas, asumidas como «hijos» de la pareja.
Las emociones y sentimientos en tiempos de neoliberalismo han dejado de darle importancia a la poesía y al encuentro de dos almas que se juran amor eterno. Hemos pasado de aquella célebre frase «El amor es eterno mientras dura» a «El amor dura poco, es un next, un siguiente, pero mi perro o mi gato siempre estarán allí».
El amor estaba intrínsecamente asociado a la poesía, a esa extraña forma de concebir el lenguaje desde su esencia más abstracta para comunicar lo más sublime de nuestros sentimientos. La poesía hoy es ajena al amor, porque para recitar hay que pensar y memorizar; y hoy no se memoriza, se envía un texto ya escrito por las redes. ¿Y pensar? ¿Qué es eso? En estos tiempos la IA lo hace todo; pensar es caduco, es antiguo.
El modelo ha modelado todo, incluso el amor. Las mentes han sido conquistadas por la propaganda, y la mayoría convertida en meros zombis. Y como bien lo dice la ficción que pulula, a los zombis solo se les detiene dándoles en la cabeza. Claro, hablamos en el terreno simbólico: este artículo es darles en la cabeza a estos caminantes que ya andan muertos.
Un mundo en cambio
El mundo está cambiando. Los sucesos acaecidos en Gaza desde hace muchas décadas, pero que han tomado relevancia por la dimensión de horroroso genocidio en los últimos años, marcan un hito en esta transformación global. El futuro estará regido por este estigma y sobrevendrá una pregunta directa: «¿Tú qué hacías mientras sucedía este genocidio?». Y gran parte de la humanidad, víctima del negocio basado en la propaganda del amor a los canes y gatunos, deberá responder sin ambages: «Los humanos nunca fueron mi prioridad; para mí lo primero y único son mis mascotas».
A estas almas en pena, a estos muertos vivientes, preguntarles sobre qué ocurre en el mundo, o cuál es la diferencia entre chiitas y sunitas, o pedirles que opinen sobre lo que ocurre en Venezuela, sería un fiasco. Te repetirán con apasionado fanatismo los argumentos que les ha inoculado el algoritmo, y no tendrán ninguna duda sobre si están o no vivos, o son solo muertos vivientes; lo importante es reproducir el sonido con el que fueron infectados.
Ya no hay amor por la humanidad. Eso es una rémora que debe ser superada por el éxito personal, por el gimnasio, por la cirugía en la nariz, por la moda y por el perrito que debo tener para parecer uno más de los que son como aquellos que quiero ser.
No hay pensamiento crítico; está de más explicarlo. Simplemente, no hay.
Y tampoco hay amor. Eso que expresan a los animales es condicionamiento, no tiene que ver con lo sublime del amor. El amor es inteligencia emocional, es abstracción y pensamiento; es mirar el mundo y saber qué es lo que pasa en él. El amor es más que una declaración romántica; es saber si mi amor por la otra persona tiene futuro o no en un mundo en cambio, en un mundo donde los malos son muchos. El amor, el verdadero amor, no es un amor malo; el amor verdadero no florecerá en un mundo donde los malos sean los que gobiernen.
El amor, el verdadero amor, debe distinguir quiénes son los malos y quiénes son los buenos. El verdadero amor debe saber que está contra el asesinato y el genocidio, contra el abuso y la colonización, contra el imperialismo y la guerra por los recursos.
El verdadero amor debería ver en Cilia y Nicolás un ejemplo de amor que batalla por un mundo mejor, y denostar la perversión de Trump y su pederastia que hacen de este mundo uno peor. Elegir el amor que Miguel le profesa a su patria Cuba, contra aquel amor perverso de Javier y Karina, contra su pueblo.
El amor en tiempos de genocidio debe ser capaz de amar y luchar por un mundo más justo y más humano. Debe ser capaz de «sentir, en lo más hondo, cualquier injusticia realizada contra cualquiera, en cualquier parte del mundo», como invocaba el Che. El amor en tiempos de genocidio debe, ineludiblemente, denunciar el exterminio, las injusticias, la persecución, la industria de la muerte del imperialismo y sus atroces formas de manipularnos.
El amor, mi amor, es verte sonreír cuando te doy un beso, del mismo modo que sonríes cuando me compartes las pequeñas victorias de nuestro frente global de los buenos, que luchan contra los malos. Mi amor es verte llorar y gritar, y acompañarte igual cuando lloramos y protestamos contra el asesinato sistemático de los niños de Gaza. Mi amor es verte luchar por aquel mundo justo que queremos construir.
Autor: José Justo Calderón Dongo
(Arequipa, 1971)
Antropólogo, estudioso de la obra de José María Arguedas, así como de la obra de K.M., escritor comprometido, y militante desde la producción audiovisual.
Artículos Recomendados

CUANTO VALE LA VERDAD
El amor, el sexo, una dupla muy atractiva, de la que nadie puede zafarse. No importa si te va bien o mal lo cierto es que volverás a reincidir. Solo encontrarás paz cuando la naturaleza lo quiera, antes no hay ilusión que valga.

VIVIR ENTRE FANTASMAS
En el tiempo de los libros no hay lugar para la tranquilidad. El lector no acepta gente normal, demanda el mismo infierno. Los personajes llanos no forman parte de sus curiosidades.

ANÁLISIS CRÍTICO DE LA GUERRA DE SEXTA GENERACIÓN: EL CASO DEL SECUESTRO DE MADURO Y CILIA FLORES
Implicancias, estrategias y narrativas en la Operación Resolución Absoluta que secuestró al Presidente de Venezuela Nicolás Maduro y la Primera Combatiente Cilia Flores