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Los humanos vivos por lo general su vida va en función de otros humanos vivos. Relacionándose de todas las formas posibles. Así es como usan su tiempo. Pero hay de los otros que se relacionan con seres que vivieron por lo menos hasta 2,800 años. Fantasmas casi vivos con enorme prestigio y poder sobre la vida de quien quiera frecuentarlos. Tremendamente admirados que te atrapan con sus embustes, te manipulan, te hacen creer cosas inverosímiles. Podrían ser calificados como chismosos, pero nadie se atreverá a señalarlos. Tomas partido con todo tu ser sin importar que lo que te cuentan sucedió hace siglos si no miles de años, hasta peleas por defenderlos y preservar su memoria. No es raro que se estén riendo en su tumba de la marioneta que ha caído en sus manos. La cosa todavía alcanza un grado más de comicidad; consagras tu vida a investigar sus arbitrariedades. Les tienes enorme afecto, haces una relación de amistad, te enamoras, ríes, lloras, pero todo artificialmente. Se apoderan de tu vida. Estas atrapado.
Hay una situación en la que estos caballeros te van a meter, aunque no lo quieras, y te va a arrastrar a sinsabores eternos, será el norte de tu existencia, igual que la de ellos. Consagrarás tu vida a servirla como un esclavo, pero por libre y gustosa elección. Ese monstruo se llama verdad. Le entregarás tu vida sin dudas ni murmuraciones, combatirás intelectual y físicamente por ella si llegara el caso. Escribirás libro sobre libro fanatizado con la idea de que donde otros fracasaron tú si encontrarás la verdad que nadie pudo ver. No te darás cuenta que son hechos que ya a nadie le importa y lo que es peor ni siquiera sirven para mejorar la vida presente o futura, menos como una suerte de alerta para no seguir metiendo la pata, una, dos, tres, cuatro o más veces. Creemos evitar errores futuros escarbando en el pasado.
Todavía queda bajar más al fondo. Las fantasías engendradas por estos seres prestigiosos, geniales en muchos casos, llegaran a ser tan o más importantes que los acontecimientos catalogados como reales.
Dante Alighieri en la divina comedia clasifica dentro de su estructura teológica a personajes históricos reales al mismo nivel que figuras mitológicas. Caronte y Flegias, barqueros del inframundo, el primero transporta almas por el rio a cambios de dinero y el segundo es un barquero colérico que custodia almas iracundas en el infierno. Filippo Argenti rival político del Dante, cuyo hermano se apoderó de los bienes del poeta y su familia se opuso a su regreso del exilio. Entonces el Dante que lo desprecia enormemente lo ajusta de una manera insuperable, lo ubica en el quinto círculo del infierno, se alegra al verlo atrapado en el fango siendo desgarrado por otros condenados.
Todavía podemos bajar más abajo. Hay una categoría que ha llevado a los hombres hasta la guerra; la belleza. Helena de Troya la mujer más bella del mundo según las arbitrariedades de Homero se fuga con el príncipe troyano Paris, pero no con las manos vacías si no llenas de tesoros. El esposo burlado, Menelao, sitia Troya con más de mil naves y se trenzan en una guerra de 10 años. Se cree que esta historia fue entre mito y verdad, para el caso no importa. Pero el poeta mira las cosas de otra manera y la envía al segundo círculo del infierno al de los lujuriosos a ser arrastrada eternamente por vientos huracanados como castigo por haberse dejado llevar por su lujuria, por su carne caliente, y llevado a la muerte a miles de espartanos y troyanos.
Más o menos estas son las criaturas que habitan en el mundo de los libros. Repleto de títulos colindantes con lo patológico. Por ejemplo: “Saturno devorando a sus hijos”, de Goya. “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez. El último gran libro de ficción que a manufacturado el ser humano. Entre tantas cosas extraordinarias que suceden ahí, narra el final de un amante: Mauricio Babilonia. La mamá de Meme sospecha de los baños nocturnos con cataplasmas de mostaza de su hija. Le pide a su paisano el alcalde bajado de los páramos que vigile el traspatio porque sospechaba que se estaban robando las gallinas. La guardia lo derriba cuando levantaba las tejas para zamparse en el baño donde Meme la espera desnuda. “Murió de viejo en la soledad, sin un quejido, sin una protesta, sin una sola tentativa de infidencia, atormentado por los recuerdos y por las mariposas amarillas que no le dieron un instante de paz, y públicamente repudiado como ladrón de gallinas”. Historia típica de los libros, ahí los felices no tienen lugar. El lector solo aceptará un final vibrante, fatal, algo torcido debe haber en su alma, y el escritor lo sabe.
Si después de toda una vida de curiosear a las criaturas de los libros los terminas detestando y conservas buena salud, no puedes si no proclamarte ganador. Porque nadie, pero nadie, en su sano juicio quería ser uno de ellos. Son retorcidos, desgraciados, asesinos, amantes suicidas, soñadores, ladrones, libertinos, ávaros, idealistas, mentirosos, lujuriosos, etc. En 50 años de frecuentarlos he aprendido a rechazarlos. Sus vidas dan escalofríos ya sean personajes reales o mitológicos. Jamás desee ser uno de ellos, nunca hubiera querido vivir sus vidas, son tipos repulsivos. Con una carita de inocente suelo escudarme en la curiosidad, como si eso me salvara. Edipo Rey fornicando con su madre, José Arcadio Buendía atado al árbol apenas protegido por una ramada de palmeras para atajar el mal tiempo. Oscar Benton, “the tiger”, la atracción acaba en un juego sadomasoquista, son extremadamente lúcidos de su condición, juegan con ella, pero siempre el camino se acaba, y como si no fuera suficiente, su tetraplejía no fue obstáculo para matar a Mimi y luego suicidarse. El emperador Calígula, el que hizo senador a su caballo, vivió toda su vida con el temor a ser asesinado a causa de las purgas de Tiberio y el asesinato en serie de su propia familia. Al final no estaba equivocado, un día de fines de enero del 41 d.c., se lo cargó la guardia pretoriana. El inspector Javert personaje antagonista de Jean Valjean, obsesionado con la ley y el orden, termina suicidándose porque no soporta que le salve la vida la persona a quien ha perseguido implacablemente.
Así va el tiempo de los libros, un mundo mental paralelo sostenido por el lenguaje. Sin días ni noches, solo un continuo devenir de hechos, siempre extremos. Si a tu curiosidad no le pones freno tienes garantizado el destino del perdedor. Es mejor desertar apenas empieces a sentirte como uno de ellos. Unirse al mundo de los vivos, es lo que corresponde por naturaleza. Cabe preguntarse qué pasa por la cabeza de aquel que le gusta observar este mundo lleno de violencia, de tipos extraños, desmesurados. No se trata solo de echarle la culpa a los libros, para que existan deberá haber cómplices parecidos. Si también escribes libros entonces dos veces estarás atrapado en un tiempo que ya fue.
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Autor: Samuel Alvarez Roque
(Moquegua, 1964)
Tiene estudios de Literatura en la UNSA. Estudió en el ICPNA. Ha realizado traducciones académicas y literarias. Y se dedica a la composición fotográfica.
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