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Hoy en muchas partes del mundo el tiempo es único, pero aún existen civilizaciones, culturas, comunidades, dónde el tiempo es percibido de otras maneras y concebido como una pluralidad en constante movimiento. De allí podemos deducir que el tiempo no es único ni lineal, ni obedece solo a las leyes de la física clásica. El tiempo es dinámico.
El tiempo no es estático como se sostenía en las Europas de hace no mucho, es un actor, un protagonista más en el viaje, no es el periplo, es un hermano que camina junto a cada uno. De tal suerte que aquello que solíamos afirmar que el tiempo es inmutable, no es tan cierto, el tiempo, dependiendo del comportamiento de los otros actores mutará, se curvará o se ralentizará.
Hoy se sabe por la ciencia más compleja, que el tiempo es flexible, no es un escenario rígido como fue concebido por siglos por el occidente vaciado de ciencias, y preso de religión y metafísica. El tiempo danza, se estira y se contrae al compás de una melodía imperceptible pero tangible; puede ser deformado por la gravedad o modificado por las arrugas del tiempo cósmico, por las vibraciones de fenómenos estelares que, al ser observados y descritos, se asemejan a las ondulaciones que se forman en la superficie de un lago cuando una piedra cae.
Sin embargo, cada día nos bombardean el cerebro con la hamburguesa grasienta de una concepción vulgar y ordinaria del tiempo, que nos derrota emocionalmente y nos somete psicológicamente, envolviéndonos en una ideología que nos convierte en esclavos de viejas y anquilosadas ideas del tiempo. El gran triunfo del poder ha sido lograr que los seres humanos aceptemos, sumisos, la división del hombre en “edades” y tiempos vividos, creyendo que en determinada etapa somos demasiado jóvenes para actuar y, en otra, ya demasiado viejos para realizar aquello que anhelábamos.
El tiempo lineal, rígido, único, no existe.
Sin embargo, nos condicionan a aceptar esa idea y muchos la asumen dócilmente, bajo el látigo de la irracionalidad, sometidos a un agujero negro donde el tiempo es lo que otros dictan. Pero estamos quienes hemos sido advertidos: el tiempo es heterogéneo, tiene textura y densidad variable. A escala humana, el tiempo es una flecha implacable que apunta siempre hacia el futuro; a escala cuántica, el tiempo es difuso y reversible. Aunque estas escalas parecen no vincularse entre sí, ambas coexisten en la misma realidad, y es posible que de su interacción surjan eventos concretos donde el tiempo pueda transformarse.
El tiempo es heterogéneo, con ritmos y comportamientos que mutan según la gravedad, la velocidad y la escala.
Si bien a escala humana el tiempo se percibe como una flecha implacable orientada al futuro, cuando grandes masas de personas confluyen en momentos históricos, pueden alterar el comportamiento del tiempo, modificar su danza y cambiar el ritmo, logrando que sus ondulaciones se conviertan en cambios drásticos tanto del tiempo como del espacio.
En tiempo en el mundo andino – el centro del cosmos
Pachamama hoy por hoy es un término que ha extendido su uso a niveles jamás imaginados, la usan los que saben qué es, y la usan los que creen que se refiere a la tierra o a la tierra cultivable. Pachamama es una concepción del tiempo, no es “el tiempo”, no, partimos de que el tiempo no es único, no es un bloque monolítico, abriga una estructura fragmentada y diversa. Pachamama es una de esas concepciones del tiempo, que se expresa como la del equilibrio y la serenidad, la pausa, el respiro. El paso del tiempo en sosiego y tranquilidad.
En el mundo andino, el tiempo es un tejido complejo y multidimensional donde la experiencia humana y la naturaleza se entrelazan. Aquí, el tiempo no avanza en una sola dirección ni obedece a relojes lineales: fluye, se detiene, regresa y se transforma, como el cauce de un río que conoce cada piedra y cada curva. Esta percepción desafía la visión occidental del tiempo como una línea recta, proponiendo en cambio un ciclo eterno de retornos y nuevas posibilidades.
Pachamama es contrario absolutamente a los tiempos de Pachakuti, donde el tiempo es advertido como una época de cambios, de transformaciones profundas, de condensaciones de momentos, de síntesis de eventos rápidos y voluptuosos.
Pachakuti, que literalmente significa “el retorno del tiempo”, representa esas épocas tumultuosas cuando el flujo armónico de Pachamama se altera. Surgen entonces intensos procesos de transformación social, política y espiritual, momentos en los que la historia parece acelerarse y todo lo que se considera estable puede cambiar de forma radical. No es sólo violencia o crisis: es renovación, es posibilidad de un renacer colectivo.
Los tiempos de Pachacuti son aquellos donde grandes masas de seres humanos confluyen en un momento y espacio determinado enfocados en cambios y transformaciones y logran darle un ritmo al tiempo que no tenía. Los tiempos de Pachamama, de quietud y tregua, de apacible calma, se ven violentamente transformados en tiempos de vehemencia, de pasión, de fervor, de determinación. Y esto cambia el tiempo.
Así, el tiempo andino es un escenario donde coexisten la calma y la convulsión, el remanso y la tempestad. El calendario agrícola se entrelaza con los ciclos ceremoniales, y la vida cotidiana es un diálogo constante entre el ser humano y las fuerzas del cosmos. En este sentido, los tiempos de Pachamama nos invitan a la introspección, la reconciliación y el cuidado; mientras que los de Pachakuti nos empujan a la acción y la transformación.
En tiempos de Pachamama, conviven muchos tiempos, también el de Pachacuti, pero es solo un hálito suave, allí hablamos con el pasado, con el presente, con el futuro; dialogamos con los muertos que no están muertos, porque las dimensiones se entrecruzan y se conversa con nuestros difuntos, deliberamos con Arguedas, con Mariátegui, con Scorza, con Vallejo, con José Gabriel Tupac Amaru, con Tomasa Tito, con Micaela, con Mamá Huaco y con Mamá Ocllo, con los abuelos y los bisnietos que recién llegarán.
En la cosmovisión andina, la comunicación con los ancestros y los espíritus no es un acto del pasado, sino una práctica vigente que nutre la identidad y la memoria colectiva. Los sueños, los rituales y las festividades permiten que los límites entre lo visible y lo invisible se difuminen, abriendo espacios para el aprendizaje y la guía espiritual. Es en estos encuentros donde la comunidad alcanza la fortaleza para enfrentar los tiempos de cambio.
En Pachamama dialogamos con los signos, con los símbolos, con los augurios, con las arañas y los picaflores, con las cigarras y los cóndores, con las llamas y con sus ojos cósmicos, con el gran río profundo que fluye despacio, y que nos permite pescar y navegar.
La naturaleza es, entonces, maestra y compañera. Cada animal, cada fenómeno, cada paisaje tiene un mensaje, un pronóstico, una enseñanza que se revela a quienes saben mirar y escuchar. Las montañas, los ríos y los vientos son portadores de historias, recordándonos la necesidad de armonía y reciprocidad con todo lo existente.
En los tiempos convulsos de Pachacuti, todos nos convertimos en picaflores ataviados de fuego para encender las flores del mundo, todos seremos las hormigas que transformen las selvas en armonías, todos seremos Arguedas, todos seremos José Carlos, y José Gabrieles, todos seremos Vallejos, todos entonaremos juntos las viejas canciones que hablan de transformación del tiempo, de cambio de fase, recitaremos el poema del infinito meñique, bravo entre los bravos, y danzando resistentes, firmes, flameantes, podremos cambiar el tiempo. Porque el tiempo no es lineal, no es monolítico, no es rígido, podemos cambiarlo.
Así, el tiempo en el mundo andino es posibilidad y desafío: nos invita a ser agentes de nuestra propia historia, a honrar la memoria y a abrazar el cambio. Nos recuerda que el centro del cosmos está en el equilibrio entre calma y tempestad, y que, como comunidad, tenemos el poder de renovar el mundo cada vez que lo soñamos y lo vivimos en armonía con la naturaleza y nuestros ancestros.
El Pachacuti cuántico
No se trata de una huachafería vacía de sentido ni de una fórmula desprovista de raíces, sino de un genuino diálogo entre tradiciones: articular la cosmovisión andina con la mecánica cuántica nos acerca a un entendimiento más profundo de la realidad que buscamos esclarecer, esa realidad marcada por la heterogeneidad del tiempo. Tanto el pensamiento andino como el cuántico desafían la rigidez de la linealidad occidental y proponen un universo interconectado, vibrante y diverso, donde todo está en constante resonancia.
El Pachacuti, término de origen quechua y aimara, combina “Pacha”, que significa espacio-tiempo o cosmos, y “Cuti”, que alude a vuelta o retorno; tradicionalmente se comprende como “el retorno del tiempo” o “la revuelta del tiempo”, un cataclismo que lejos de implicar un final, anuncia una renovación radical que reordena el mundo. Este concepto nos invita a mirar las crisis no como destrucción, sino como oportunidades para reinventarnos y renacer desde lo más profundo.
En la física clásica, el cambio es progresivo y predecible; en la cuántica, en cambio, los electrones saltan de un estado a otro de forma instantánea, sin recorrer el espacio intermedio. De modo similar, el Pachacuti histórico representa una ruptura súbita, un quiebre discontinuo en el flujo de los acontecimientos. Así, un “Pachacuti Cuántico” sería ese instante en que la realidad social o cósmica salta de estado energético de manera abrupta, reconfigurando el orden sin preámbulos ni transiciones pausadas. El Uku Pacha fluye vertiginosamente hacia el Hanan Pacha y ambos confluyen en el Kay Pacha, donde se definen —y redefinen— los tiempos.
Para la visión andina, el tiempo no es una flecha que avanza implacable; el pasado está delante porque es visible, y el futuro queda detrás, aún oculto. En los momentos de crisis ritual, los tiempos pueden coexistir, resonando con la idea cuántica de superposición: antes de ser medida, una partícula existe en todos sus estados posibles. El Pachacuti Cuántico es entonces un vórtice donde pasado y futuro se superponen, un instante de máxima potencia antes de que la historia colapse en un nuevo orden; es allí donde convergen los tiempos posibles, un instante materialmente heterogéneo. Durante el evento del Pachacuti, la “función de onda” de la historia aún no ha colapsado: todas las posibilidades siguen abiertas y vivas simultáneamente, hasta que el nuevo orden se asienta y se manifiesta.
Pachacuti es la encarnación del tiempo más convulso, aquel que se hizo Inca, pero que también bullía en José Gabriel, al igual que en José Carlos y José María. Hoy, en tiempos de crisis, son pocos los que quieren retornar a aquel tiempo por temor; el colapso de las viejas estructuras es inminente, la emergencia de los tiempos ancestrales y futuros ya no puede esperar. Sin embargo, hay quienes, adoctrinados por la lógica occidental, han olvidado sus raíces, han dejado de lado su identidad nacida de los ríos profundos del tiempo, y se aferran a lo efímero de un hoy que se desvanece rápidamente.
Comprender el tiempo desde la concepción cuántica se entreteje con la cosmovisión andinoamazónica, no hay antagonismo ni discordia. Mirar el tiempo que atravesamos hoy desde esta perspectiva nos revela la diversidad profunda de posibilidades que nos rodean: no existe una sola, sino muchas, y debemos asumir la tarea de convertirnos en Pachacuti para gestionar esta fase crítica con todos los antes, ahoras y luegos; con los muertos, los vivos y los que vendrán.
Si el tiempo es heterogéneo, el que nos ha tocado vivir es un tiempo concreto, hagámonos cargo de él, es el tiempo de Pachacuti: seamos Pachacuti en este, nuestro tiempo.
Autor: José Justo Calderón Dongo
(Arequipa, 1971)
Antropólogo, estudioso de la obra de José María Arguedas, así como de la obra de K.M., escritor comprometido, y militante desde la producción audiovisual.
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