2024 Eyad Baba/AFP via Getty Images.
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Una posible comprensión del tiempo en Cien años de soledad conduce inicialmente a preguntar por el significado del título de esta obra. En ella no se trata de un tiempo cronológico, en el sentido de una narración sobre la secuencia temporal y el progreso irreversible de acontecimientos, o bien, de una sucesión cronológica del tiempo en la que ellos se realizan, sino del despliegue envolvente del transcurrir del tiempo mismo, entendido como el tiempo cíclico que genera el sino trágico de la familia Buendía y en el que se desenvuelve el borrascoso circular de Macondo. El destino fatídico de sus personajes está sujeto a la constante presencia de un tiempo circundante y devastador, en cuyo poder destructor aparece la discontinuidad amenazante del “diente que corroe todas las cosas”, y en cuyo avasallamiento sobreviene la devastación final de Macondo. “ Cien años” no mienta un concepto cuantitativo de tiempo ni es una relación sobre lo pasado en un determinado lapso de tiempo, sino que indica la perdurable e inseparable soledad compartida que se extiende por entre toda la dinastía de los Buendía.
Pero, ¿qué podría significar entonces la “soledad” de los cien años? Ella alude al ensimismo de la familia Buendía, ocasionado por su sentimiento de culpa y por su fallida apertura al mundo. Su atmósfera solitaria no sólo refleja su incapacidad de amor y comunicación, sino también, y sobre todo, su impotencia para abrirse a la posibilidad de la transformación y continuidad de un tiempo histórico, en el que los hombres puedan ocasionar sucesos no repetibles que los renueven y cambien su mundo. Los “Cien años de soledad” de la familia Buendía dan a conocer el tiempo predestinado de su aparecer en el acaecer reiterativo de su destino.
El sino fatídico de su estirpe no obedece a un tiempo donde es posible fijar la continuidad de un orden que debe ser producido siempre de nuevo, sino a la discontinuidad y descronolización de un presente en cuya contemporaneidad pasado y futuro aparecen incorporados y entremezclados, perdiéndose así el carácter de tránsito entre ellos. El pasado y el futuro recién se experimentan gracias a la circularidad de repeticiones y retornos que abarca todo presente, dentro del cual se distienden ambas dimensiones. El presente global constituye el umbral desde el que puede avizorarse al mismo tiempo el presente de un incuestionado pasado mítico que no desaparece en él y el presente de un futuro quimérico. Así lo expresa García Márquez: “Años después, frente al pelotón de fusilamiento, Arcadio había de acordarse del temblor con que Melquíades le hizo escuchar varias páginas de su escritura impenetrable, que por supuesto no entendió, pero que al ser leídas en voz alta parecían encíclicas cantadas” (García Márquez, 1967: 68)
Con la aparición de nuevos integrantes de la familia Buendía se revive la idiosincrasia de sus antepasados y se hace presente el mundo solitario de sus recuerdos. “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo” (García Márquez, 1967: 69)
El presente de un pasado que no podía haber sido otro, es presentificado por el recuerdo anticipado, de tal modo que suprime la secuencia ininterrumpida del tiempo en que el pasado simplemente deja de ser, y anula con ello la posibilidad de experimentar un cambio epocal y, con ello, el surgimiento de algo nuevo. En su lugar el pasado se interpone en el presente y se afianza en éste de manera reiterada: “Aureliano, que no tenía entonces más de cinco años, había de recordarlo por el resto de su vida como lo vio aquella tarde, sentado contra la claridad metálica y reverberante de la ventana… José Arcadio, su hermano mayor, había de transmitir aquella imagen maravillosa como un recuerdo hereditario, a toda su descendencia”. (García Márquez, 1967: 13).
La presencia de un pasado que no cesa de ser en el presente, se revela en los muertos que continúan envejeciendo o que prosiguen en el mundo de los vivos: “…habría estado en la muerte [Melquíades], en efecto, pero había regresado porque no pudo soportar la soledad” (García Márquez, 1967: 49). Lo mismo sucede con Prudencio Aguilar, muerto por José Arcadio Buendía, a quien “atormentaba la inmensa desolación con que el muerto lo había mirado desde la lluvia, la honda nostalgia con que añoraba a los vivos” (García Márquez, 1967: 27). Después de su muerte úrsula y Amaranta le construyen “un cobertizo de palma para protegerlo del sol y la lluvia” (García Márquez, 1967: 74). El pasado sólo deja de suceder y el volverse atrás de los recuerdos queda suspendido con la peste del insomnio, pues éste genera la densa oscuridad del olvido y ocasiona, con ello, la omisión del tiempo transcurrido.
Por su parte, el presente del futuro no despunta hacia lo nuevo ni es el presente de un futuro posible que será otro que el pasado, sino que se manifiesta como un presente preexistente, anunciado por medio de los presagios de úrsula y de las predicciones fallidas de Pilar Ternera con sus cartas. En este sentido, el futuro contingente que descolla en la novela es siempre indicio de frustración y de temor. Así, cuando José Arcadio emprende la temeraria aventura que lo lleva a entrar en contacto con la civilización ya a pesar de que lo esencial para él “es no perder la orientación” (García Márquez, 1967: 17), su travesía está condenada al fracaso, pues se da cuenta de que “Macondo está rodeado de agua por todas partes” (García Márquez, 1967: 18). “…nunca llegaremos a ninguna parte, […] aquí nos hemos de poderir en vida sin recibir los beneficios de la ciencia” (García Márquez, 1967: 19), deploraba úrsula ya que entendía que la única trocha que los sacaría de Macondo los conduciría al pasado y por “el camino de regreso a casa” (García Márquez, 1967: 16).
A esta frustración de proyectar el futuro se suma el terror arraigado en él a causa del destino aciago que intimida a la familia Buendía, como castigo por sus relaciones incestuosas: el hijo con cola de cerdo. Su culpa, acompañada de soledad y de frustración, genera el rasgo irresoluto inherente al futuro incierto de la estirpe de los Buendía. “La incertidumbre del futuro les hizo volver el corazón hacia el pasado (García Márquez, 1967: 343), reproducido como lo que en ese entonces era futuro. Al presente de lo venidero es extraño un mundo que de repente deviene otro, pues en la soledad de los cien años no hay sucesos que abran nuevos horizontes.
El tiempo desplegado en los “cien años de soledad” es un tiempo que retorna periódicamente, en el que todo se repite y de cuya reiteración se percata úrsula. Ella se convierte en testigo del movimiento autorreferente de su circularidad, puesto que es quien vislumbra en sus repeticiones y retornos el todo circundante que envuelve a la familia Buendía como un torbellino, y que se cierne sobre la desmembración del acaecer temporal de lo que ocurre en su mundo: “Ya esto me lo sé de memoria… Es como si el tiempo diera vueltas en redondo y hubiéramos vuelto al principio” (García Márquez, 1967: 169). Ella es previsora del desenrollamiento cíclico que, en su movimiento, retorna en sí mismo: “úrsula confirma su impresión de que el tiempo estaba dando vueltas en redondo” (García Márquez, 1967: 192), y se estremece “con la comprobación de que el tiempo no pasaba, como ella lo acaba de admisión, sino que daba vueltas en redondo” (García Márquez, 1967: 284-285), y que “cada miembro de la formación de la familia repetía todos los días, sin darse cuenta, los mismos recorridos, los mismos actos, y que casi repetía las mismas palabras a la misma hora” (García Márquez, 1967: 212).
Pero la centenaria ha entrevisto que esta constante repetición no ocurre sin fin, sino que acarrea un desgaste y una decadencia: “Lo que pasó –susspiró– es que el mundo se va acabando poco a poco y ya no ocurren esas cosas” (García Márquez, 1967: 161). Ella no solo se hace consciente de que el tiempo transcurre incesantemente como un presente invariable, sino también de que las cosas del presente ya no aparecen como las cosas del pasado, lo cual constata la decadencia progresiva e irreversible que toca al destino implacable de la estirpe de los Buendía.
Su futuro aparece y es descifrado en el manuscrito hecho de Melquíades, cuyo contenido descorre el velo del completo acaecer en el tiempo ciclónico y acrónico de Macondo. Es de resaltar que su tribu “había sido borrada de la faz de la tierra por haber sobrepasado los límites del conocimiento humano” (García Márquez, 1967: 40). él experimenta el presente de cada una de las conversaciones de los Buendía y, en contraste con el poder de destrucción que el tiempo ejerce sobre su estirpe, es invulnerable a su orden cronológico.
En su aproximación a un presente indescifrable, el futuro de Macondo se torna con sus profecías en un pasado que termina en la devastación de su mundo y en el destino ineludible que agobia a todo integrante de esa familia. Melquíades comparte el presente de Macondo cada año en el mes de marzo, cuya periodicidad sugiere nuevamente la circularidad reversible y siempre igual a sí misma de la eonicidad macondiana , cuyo inflexionamiento no sólo es ajeno al tiempo de las cosas que son en él, pues, a diferencia de éstas, en su autodespliegue irrumpe además la discontinuidad que socava todo orden existente.
La eonicidad macondiana está expuesta a su creciente deterioro, a pesar de su repetición, tal como lo señala García Márquez en varias ocasiones: “úrsula se sintió atormentada por graves dudas acerca de la eficacia de los métodos con que había templado el espíritu del lánguido aprendido de Sumo Pontífice, pero no le echaba la culpa a su trastabillante vejez ni a los nubarrones que apenas le permitían vislumbrar el contorno de las cosas, sino a algo que ella no lograba definir pero que concebía confusamente como un progresivo desgaste del tiempo” (García Márquez, 1967: 211).
El inflexible corroer del tiempo tiene un límite que pone al descubierto el desmoronamiento de la estirpe de los Buendía, ocasionado por su fuerza demoledora: “No había ningún misterio en el corazón de un Buendía, que fuera impenetrable para ella, porque un siglo de naipes y de experiencia le había enseñado que la historia de la familia era un engranaje de repeticiones irreparables, una rueda giratoria que hubiera seguido dando vueltas hasta la eternidad, de no haber sido por el desgaste progresivo. e irremediable del eje” (García Márquez, 1967: 334).
El avance devastador del desgaste relativo a la reversibilidad del tiempo cíclico, después de tantas vueltas, no podía terminar más que en catástrofe. En lugar de un consumirse promisorio de su porvenir, la destino desdichada de los cien años de soledad arrastra consigo un inevitable consumirse de la estirpe de los Buendía, pues en su predestinación el pasado deja de pasar y el futuro presagiado por Melquíades pierde toda posibilidad y no será, por tanto, otro que el pasado. Los cien años de recuerdos deambulados desembocan en el tiempo de la caída y en la desolación sin límites que sobreviene a la prohibición y la desobediencia.
La tensa expectativa del desenlace de Macondo recae en el último de los Aurelianos, pues le corresponde la tarea de descifrar lo manuscrito por Melquíades, cuya clave oculta el secreto de su propio destino. Su desciframiento no sólo traza el curso completo del acontecer cíclico de la familia, sino que además anuncia el momento más apremiante del tiempo predestinado en el que se revela el presente concluyente de la genealogía circundante de Macondo. El momento culminante de su caso sobreviene en la fugacidad y brevedad de un tiempo que se adelanta al propio acontecer fatídico de su laberíntico desenrollamiento.
Dicho momento no pertenece al mundo de los hombres, y debido a esto no es posible descifrar el manuscrito de Melquíades antes del tiempo asignado por él, sino en el instante propicio por fuera del tiempo y sobre el tiempo, que pulsa de manera repentina y espontánea en el contrajuego del retorno cíclico y el acontecer irrefrenable de la devastación de Macondo . Aureliano segundo no puede anticiparse al momento oportuno en que se presenta la ocasión para descifrar lo manuscrito por Melquíades, porque no está en condiciones de invertir el dominio de la estrecha apertura de un momento que lo anticipa, y que permanece inabierto mientras se lo pretende capturar a destiempo.
Así lo deja ver García Márquez: “Melquíades le hablaba del mundo, trataba de infundirles su vieja sabiduría, pero se negoció a traducir los manuscritos… no debe conocer su sentido mientras no hayan cumplido cien años`” (García Márquez, 1967: 161).
Es decir, antes de que Macondo no haya agotado el completo desenvolvimiento amenazante de su tiempo cíclico, y de esta manera los pasajes que cierran la obra exponen en detalle el pulsar del instante propicio en que acontece el arrasamiento del cosmos macondiano .
García Márquez lo destaca frente a la representación habitual del tiempo: “Melquíades no había ordenado los hechos en el tiempo convencional de los hombres sino que concentró un siglo de episodios cotidianos, de modo que todos coexistieron en un instante” (García Márquez, 1967: 350). Anteriormente lo había mencionado en relación con los momentos que preceden al acto de ejecución, en los que el tiempo vivido fulgura en el presente del condenado, o en los que súbitamente se presentifica toda una realidad pasada, justo cuando su tiempo está a punto de ser abolido para siempre de su memoria. Esto es expuesto por García Márquez:
En ese instante lo apuntaron las bocas ahumadas de los fusiles, y oyó letra por letra las encíclicas cantadas por Melquíades, y sintió los pasos perdidos de Santa Sofía de la Piedad, virgen, en el salón de clases, y experimentó en la nariz la misma dureza que le había llamado la atención en las fosas nasales del cadáver de Remedios. ‘Ah, carajo –alcanzó a pensar- se me olvidó decir que si nacía mujer la pusiera Remedios’. Entonces acumulado de un zarpazo desgarrador, volvió a sentir todo el terror que le atormentó en la vida. El capitán dio la orden de fuego (García Márquez, 1967: 107-108).
En la literatura se encuentran casos similares como el de Dostoievski, quien relata en los Demonios el vuelo de Mahoma por todos los cielos e infiernos, y quien sostiene noventa mil conversaciones, mientras que en la realidad no transcurre más tiempo que el requerido por un jarro de agua para verterse.
Al traducir la profecía-revelación del manuscrito, Aureliano incursiona en el laberinto ancestral de su familia y logra aclarar su propio origen: “Aureliano lo reconoció, persiguió los caminos ocultos de su descendencia, y encontró el instante de su propia concepción entre los alacranes y las mariposas amarillas de un baño crepuscular, donde un menestral saciaba su lujuria con una mujer que se entregaba por la rebeldía” (García Márquez, 1967: 150). Una vez revelada toda la historia genealógica de los Buendía, Aureliano “empezó a descifrar el instante que estaba viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose a sí mismo en el acto de descifrar la última página de los pergaminos, como si se estuviera viendo en un espejo hablado” (García Márquez, 1967: 150). Aureliano se había olvidado del tiempo, concentrándose en aquel indescifrable momento del presente acrónico del instante en el que el tiempo del mundo detiene su marcha.
El instante en el que se captura el momento más apremiante de la fugacidad del tiempo toca a la fuerza arrasadora de Macondo. La instantaneidad del instante que irrumpe en medio del “pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico” (García Márquez, 1967: 150), pone al descubierto el poder aniquilador del eje desolador en torno al cual se arremolinaban los cien años de soledad de la familia Buendía, sin ninguna posibilidad de un retorno renovador y de una liberación del tiempo cíclico que la predestina y agobia. La soledad centenaria termina en una desoladora devastación.
El poder devastador del tiempo en el instante refleja la situación extrema del ocaso de Macondo. El instante mienta la irrupción arrepentida de su inminente arrasamiento, con el que se anula toda posibilidad de un nuevo inicio y de un nuevo tiempo. El instante señala ahora simplemente el momento caótico, en que fulgura el ineludible destino sin horizonte del cataclismo final.
En la mínima apertura súbita del instante indescifrable “la ciudad de los espejos” es “arrasada por el viento y desterrada de los hombres” (García Márquez, 1967: 351). Lo cual da a entender que el instante está destinado a revelar la ruina total del mundo de los Buendía. A la irrupción atemporal del instante pertenece el salto repentino del creciente desgaste del eje al ahora límite de su catástrofe, cuyo final se da al mismo tiempo que el retorno al inicio de su movimiento cíclico. “Entonces dio otro salto para anticiparse a las predicciones y averiguar la fecha y las circunstancias de su muerte” (García Márquez, 1967: 350-351). El salto no alude aquí al instante en que el tiempo toca la eternidad, tampoco una apertura hacia lo nuevo, pues él suprime todo futuro posible, sino el despeñadero en la nada abismal, porque los cien años de soledad están sentenciados definitivamente al ocaso del mundo humano de Macondo, a su tornarse polvo y escombros. Por eso, Aureliano Buendía sabía que no saldría con la vida del cuarto de Melquiades. Se ve sobrecogido por un instante desolador, cuya exigua apertura no llega a capturar un tiempo, ya que se le anticipa la devastación prevista ya en ella.
El asalto del instante que irrumpe súbitamente en el desciframiento de las predicciones del manuscrito pone de manifiesto “que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra” (García Márquez, 1967: 351)
En Cien años de soledad el instante excluye dos formas de tiempo que no llegan a cruzarse entre sí, a saber: el tiempo cronológico, vale decir, la regulada secuencia temporal de acontecimientos y el discontinuo momento propicio para actuar. El instante que García Márquez introduce en dicha obra no es cronológico ni kairológico, porque simplemente lo restringe al momento acrónico en que el mundo de Macondo y de sus hombres es arrasado de la faz de la tierra, sin que ellos mismos estén en condiciones de disponer de una ocasión propicia que corresponda a una oportunidad apropiada en el mundo de los hombres. El tiempo kairológico sólo se hace presente cuando ocasión y oportunidad se coajustan simultáneamente entre sí. El instante garcimarquiano, lejos de ser una ocasión propicia en la que algo se lleva a cabo o de ser el momento decisivo y culminante de la madurez del tiempo, designa sin más el momento caótico en que se priva a los hombres de “una segunda oportunidad sobre la tierra”, como si ya hubieran tenido una primera oportunidad y la hubieran perdido.
A propósito, ¿una segunda oportunidad de qué? Supuestamente de un futuro posible que sería otro que el tiempo pasado. El hombre macondiano no acierta el momento oportuno en la ocasión propicia, y por eso ni siquiera podía disponer de una primera oportunidad sobre la tierra. Sin tener la más mínima posibilidad de sacrificar sus propias metas individuales en aras de un bien común, el hombre se encuentra sometido sin restricciones a un tiempo predestinado que lo arrastra hacia su propia destrucción. Su huracanada carrera hacia la desolación sin límites anula cualquier oportunidad de experimentar una vida combatiente y un tiempo subversivo, pues en la extirpe de los Buendía se encuentra ausente la gravedad de la decisión a tiempo. El destiempo de su apresuramiento es ajeno a la decibilidad humana y suspende, por tanto, el apresamiento de la ocasión propicia en el momento oportuno y decisivo del tiempo de la vida. Sólo la oportunidad propia de la justa ocasión abre la posibilidad de la madurez intempestiva y culminante de un tiempo liberador, en el que se articula al mismo tiempo lo sido y lo por venir, el recuerdo y la expectación.
La experiencia macondiana del tiempo no es una experiencia kairológica, porque el kairós nombra la exigua apertura del momento crítico de la resolución, extraño por completo al instante anonadador del arrasamiento de Macondo y de la estirpe de los Buendía. Dicha experiencia acarrea siempre una discontinuidad y, con ello, un riesgo, sin el cual, empero, no podría cuestionarse el pasado ni vislumbrarse la apertura de un futuro. En cambio, el instante devastador de Cien años de soledad no proporciona al hombre ninguna alternativa con respecto al instante decisivo que fulgura en una situación crítica. Pero el instante macondiano tampoco puede ser un generador de cambio y de temporalidad en general, como es el caso del instante propiamente dicho, pues en éste comienza el tiempo, en la medida en que de la singularidad del instante surge la diferencia entre pasado presente y futuro. En cuanto tal, el instante se encuentra desligado del kairós como el tiempo propicio para una decisión. Si bien, tanto el kairós como el instante comparten un carácter discreto, ajeno a la cuantificación, así como una descronolización del presente, y el instante kairológico fractura toda continuidad temporal, mientras el instante es instaurador del tiempo, la experiencia kairológica presupone necesariamente su olvido, en cuanto el tiempo crítico o de la oportunidad que se presenta en la resolución.
El mundo de Macondo no transforma a los hombres en hombres venideros, pues éstos sucumben abruptamente en el instante, y no justamente para renovarse, ya que no hay en ellos una mirada prospectiva ni una mirada retrospectiva de su mundo. Tampoco les es posible ajustar la amplitud de lo lejano en la estrecha apertura de lo cercano y actuar con la profundidad de una resolución que rechace cualquier vacilación.
Por lo anterior no les urge el favor de las horas en el que irrumpe de manera imprevisible lo atemporal en el tiempo y, con ello, su madurez intempestiva. El mundo del hombre macondiano permanece inabierto , porque en su premura no le es permitido captar el hecho histórico en el momento oportuno, y en su mera recepción de la acción actúa siempre a destiempo, con lo cual esquiva, sin disposición y sin resistencia alguna, el reto kairológico del tiempo evitando entenderse así por éste en el todo circundante de su vida.
La mención al instante repentino, mas no kairológico, que impacta en el presente acrónico, no permite entrever al final de la obra una huella de la plenitud intempestiva del tiempo. él no pulsa en el medio del momento oportuno, tampoco es un punto de giro ni expresa el momento culminante de la madurez del tiempo, entendido como principio del destino humano.
Bajo estas circunstancias el hombre macondiano se aparta tanto del tiempo cronológico como del tiempo kairológico y decisivo que pulsa en el instante subversivo o en el justo momento, como un presupuesto de la resolución humana.
Por ello, el instante no apunta a otra cosa que a un oscurecimiento del mundo, con el que se elimina cualquier posibilidad de transformación y de una nueva continuidad de la vida humana, o una apertura a lo nuevo, sólo desde la cual el poder del pasado puede resultar extraño al hombre y éste pertenecer al acontecer histórico del tiempo, al tiempo de la historia, no simplemente en el sentido de la regulada secuencia de sucesos en el tiempo, sino de la irrupción del tiempo mismo como principio del cambio y de la historia.
En lugar de ser destinado a la completa destrucción de un mundo sin mundo, como es el mundo sin salida de Macondo, el instante como tal debe constituirse en la irrupción impredecible de una señal que orienta el todo de la vida. Por su parte, con la mínima y súbita apertura del tiempo kairológico, entendido como el momento propicio, no sólo se suspende la secuencia cronológica del tiempo en el mundo, y se experimenta la irrupción de la discontinuidad, debido a su ruptura del orden existente, sino que le corresponde además la función de generar el tránsito a una nueva forma de vida, en tanto el hombre puede disponer en dicho momento no simplemente de una ocasión que le permita “una segunda oportunidad sobre la tierra”, sino de la ocasión de una oportunidad que le abra. la posibilidad de acceder al favor de las horas por contar en cada momento con la brevedad y fugacidad del tiempo, de modo que en la estrecha apertura que descubre en el favor de las horas pueda regocijarse de lo íntimo, de lo pequeño, de lo poco.
Sólo desde este horizonte el “sagrado”, como dice Hölderlin, a pesar de ser una “nota en la lira”, constituye la más alta experiencia que puede alcanzar el ser humano, pues a partir de ésta, al hombre se le brinda la ocasión propicia de su constante rejuvenecimiento y, a su vez, no una consoladora y desdibujada “segunda oportunidad sobre la tierra”, a la que será siempre extraña la irrupción del momento oportuno, sino, ante todo, la posibilidad de ser lo que él puede ser y de alcanzar instante. la intimidad con todo cuanto vive. En palabras de Hölderlin, esto quiere decir:
A los seres humanos se les brinda
El gran goce de rejuvenecerse así mismo.
Y de la muerte purificadora, que ellos mismos
Eligieron en el momento justo,
Resurgen los pueblos como Aquiles de la Estigia.
(“ La muerte de Empédocles ” I, Acto segundo, escena cuarta).
Referencias
* Conferencia dictada en la Universidad de Estocolmo (Suecia) el 15 de octubre de 2005. está vinculado al grupo de investigación: Filosofía y Literatura inscrito en Colciencias.
Bibliografía
1. GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel (1969). Cien años de soledad . Buenos Aires, Editorial Suramericana. [ Enlaces ]
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Autor:
CARLOS MÁSMELA ARROYAVE
Licenciado en filosofía y letras de Universidad Pontificia Bolivariana. Doctorado en filosofía de la Universidad de Heidelberg. Autor de varios artículos y columnas de prensa.
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