Siwares que llegan hasta el sol para beberle su fuego y llamear sobre las flores del mundo. JMA

EL FUTURO: LA PROMESA DE LA MODERNIDAD

Hey, Conozco unos cuentos sobre el futuro

Hey, El tiempo en que los aprendí fue más seguro.

(El baile de los que sobran. Los Prisioneros)

I.

Me encuentro en la facultad de filosofía, la docente Marcia Loo explica la lección del día, pero yo estoy lejos de ahí. En el paradero de los buses me alcanza y me pregunta por mi distracción, yo le cuento mis pesares, ella, con firmeza y con esa seguridad especial que tienen las mujeres que conocen el mundo, me regala una verdad como Zarathustra: “no te preocupes, el tiempo lo arregla todo”. A los días me proporciona una fotocopia del artículo de Norbert Elías titulado “Sobre el tiempo”.  Décadas después me entero, por Tik Tok, que el tiempo no arregla nada, sino por el contrario, todo lo malogra, que todo lo hecha a perder.

II.

La gran promesa de la modernidad fue el futuro, el por-venir llegaba con “lo nuevo”, con “progreso”, “desarrollo”, “bienestar”. El pasado era sinónimo de “oscurantismo”, de “tradición”, de “quietismo”. El pasado era un mundo congelado, espiritual y socialmente, por eso Marx define a la modernidad como un mundo “donde todo lo solido se desvanece” para dar lugar a uno nuevo y mejor.

La revolución capitalista y comunista se confiaron al futuro, a la ciencia, a la historia. La racionalidad científica nos ha permitido crear artefactos prodigiosos, gracias a la liberación de estas energías podemos, por fin, volar, prevenir las enfermedades, hacer videollamadas. Por su parte el devenir histórico traía progreso, igualdad y libertad, y, para completar el menú, podíamos llegar a aspirar a un mundo más “justo”, a una justicia plus dirimamos hoy.

La gran Revolución Francesa no solo decapitó al Rey, sino con él a Dios, ese cómplice que, por alguna extraña razón, terminó menospreciando a los campesinos, a los pobres y prefirió a los nobles y a la realeza para gobernar. El pago, por esta traición, fue la expulsión del poder público de los reyes y curas y entregárselo al pueblo, humillado y postergado hasta ese momento, pero desde ahora cualquiera tenía el derecho de gobernar sin haber nacido y criado para ello, bastaba con ganárselo (bonapartismo).  

Esta gran explosión intentó destruir el pasado congelado (The Ancien Régime), sus protagonistas inventaron uno nuevo legislando sobre todos los aspectos de la naturaleza humana, estas decisiones, audaces y extremas, incluyeron la democratización de la muerte, a partir de ahora todos los sentenciados, sean de la realeza o de la plebe, tendrían el mismo final en la guillotina, pero el aspecto que refleja el momento de revuelta de una transformación radical fue decretar el reinicio del tiempo desde cero (Calendrier républicain).  

La promesa del futuro creo tal expectativa que mucho decidieron que era una obligación acelerar la llegada del futuro, aun si ello incluía ofrendar su vida en el presente, la esperanza inevitable de un futuro “mejor” bien valía la pena el sacrificio de la propia existencia, me imagino que esa era la convicción del “Che” Guevara mientras caminaba, en esa procesión improvisada de cientos de lugareños que acompañan al guerrillero hasta La Higuera, donde sería sacrificado por los verdugos del tiempo que no deseaban que el futuro sea acelerado, eso que llamamos revolución.

 El tiempo avanzo inexorablemente, pero un día de 1989 Fukuyama, el flamante brujo de la “aldea global”, se despertó y anunció el “fin de la historia”, por este mantra el tiempo (político) se congeló por decreto y comenzó el reino perpetuo de la democracia liberal y su Dios invisible: el mercado. En esos momentos, ante el derrumbe del socialismo realmente existente, no solo era el fin de un periodo, era “el fin de la historia como tal: esto es, el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal occidental como la forma final de gobierno humano”.

En este nuevo mundo por fin el comunismo que agitaba ese viejo pelado, parecido al malvado Lex Luthor (¿o es al revés?), quedaría como un mal recuerdo y confinado a una plaza exótica de un país desmembrado y gobernado por un alcohólico, que recuperaba su antiguo nombre: Rusia. La otra “amenaza”, China, se convertía en un país de mil millones de consumidores, aprendices de hacer baratijas, cuya dirigencia abandono el libro rojo de Mao y pidió, con esa reverencia respetuosa de los orientales, ingresar a la Organización Mundial del comercio (OMC) en el 2001.

El planeta se globalizó a imagen y semejanza de la única potencia sobreviviente, Estados Unidos de Norteamérica. La academia abandonó la mala palabra “imperialismo” y la convirtió en macdonalización, globalización, globalismo, mundialización. La universidad dejó su lugar a Hollywood que se convirtió en el faro cultural del planeta, donde la esperanza del mundo mejor se depositó en el héroe solitario que luchaba contra los malvados, incluido el Estado, y donde estaba garantizada el final feliz

Este mundo compuesto por unidades llamados consumidores o ciudadanos, no podía permitirse la exclusión de nadie, la defensa de la mujer y de las minorías sexuales se convirtió en su bandera y, como toda propuesta totalizante, el lenguaje debía acompañar esta radical transformación, pues no solo bastaba el ajuste de cuentas, pasadas y presentes, mediante la “cultura de la cancelación”; si no que era necesaria la creación de un neolenguaje, inclusivo y ajeno al machismo.

Mientras los todes festejaban, el hombrecillo del bigotito extraño, y que saludaba con la mano levantada y que juraron que nunca volvería, irrumpía  como un magnate de cabello color zanahoria, con aficiones extrañas por jovencitas, pero igual de peligroso para la humanidad. Este nuevo y voluminoso emperador ahora persigue a los migrantes, sus campos de concentración quedan en El Salvador, captura presidentes, se burla de los europeos y su “espacio vital” es America Latina y Groenlandia, por el momento.

Este presidente americano de la decadencia, insulta, amenaza a todos; aplaude cuando ve las imágenes de los niños y mujeres despedazados en Gaza e imagina esa tierra destruida convertida en un gigante hotel; en el momento que sus consejeros le advierten que el mundo está a borde de una guerra nuclear simplemente muestra esa mueca inconfundible y luego se va dormir pensando que el verdadero ganador del Nobel de la Paz es él, únicamente él, porque el Gran Hermano naranja, cree como su antecesor, que la Guerra es la Paz y la Libertad es la Esclavitud.

III.

En 1800 el bonapartismo triunfaba en Francia, en 1900 la época victoriana en Inglaterra llegaba a su fin y en el 2000 creíamos que el mundo colapsaría porque las computadoras no podrían pasar fácilmente de 1999 al 2000 lo que nos llevaría a un caos informático que afectaría gravemente al planeta, hecho que no sucedió y que permitió iniciar el milenio con algarabía.

Han pasado 25 años del siglo XXI y es hora de sacar cuentas. La tecnología nos asombra cada día más, la aceleración de las inteligencias artificiales es sorprendente, la computación cuántica nos asombrara más, pero el mundo político, como lo concebía Arendt donde no hay cosas, sino solo la relación de personas ha decaído, se ha derrumbado, se ha empobrecido, se ha embrutecido, se ha criminalizado.

La tolerancia a la masacre de niños en Gaza es un reflejo de esta decadencia planetaria: llena de celulares de última generación, pero con ciudadanos indiferentes e insensibles. La promesa de la modernidad de un futuro mejor sólo se ha cumplido en parte, quizá en la menos importante, esto es en el mundo de las cosas, pero en el nivel humano, hemos caído en un pozo que nos quita nuestra humanidad, nuestra voz, nuestra resistencia y que posiblemente no retorne y esta situación, y nos obligue a gritar con Pink Floyd:  The time is gone, the song is over , Thought I’d something more to say , SE ACABO EL TIEMPO, SE ACABO LA CANCIÓN, PENSÉ QUE TENDRÍA ALGO MAS QUE DECIR. 

Arequipa 2025 enero 17

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Autor: Hector Juarez Camargo

(Arequipa, 1968), Humano, demasiado humano. Aprendiz. Abogado  (UCSM), licenciado en Filosofía  (UNSA), magister en Ciencia Política y Gobierno  (PUCP) 

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