“A mi me asignaron una celda, que podía recorre en tres pasos, situada al principio del corredor… Cuando me acostaba tocaba una pared con los pies y mi cabeza rozaba el cemento de la pared opuesta… Tenía cuarenta y seis años y era un prisionero político condenado a cadena perpetua. Aquel angosto cubículo había de ser mi hogar sabia Dios hasta cuando”
Nelson Mandela- El largo camino hacia la libertad
I.
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La primera libertad es la libertad de moverse, la libertad de caminar, de transitar por donde queramos y con quien nos apetezca, esa libertad de vagabundear, de ser errante, de ser nómada, de sentirse extraviado, es parte de nuestra más íntima humanidad.
Otros sostendrán que hay otras libertades más importantes, pero se olvidan que esa libertad básica es importante y urgente, y que sólo la valoramos cuando la perdemos, porque cuando somos recluidos en un espacio pequeño y con enormes limitaciones en el desplazamiento, ese lugar tiene algo de la laguna congelada que aprisiona a lucifer en el centro del infierno. Recordemos que somos cuerpo, sangre y carne y, como tal, necesitamos un espacio físico, si me permiten la redundancia, donde desplazarnos y cuando este espacio se ve reducido, achicado, jibarizado se convierte en un lugar infernal.
La desesperación que provoca el encierro puede presenciarla en una cárcel de la selva peruana, que tenía el aspecto de una escuela olvidada, donde seguro hubieran matado a un Aureliano. El sentenciado era un hombre viejo, con una barba larga y blanca, parecía un papa Noel en bermudas, pero las marcas en su rostro no sólo era producto de los años sino de ese tiempo congelado que provoca el largo y pesado encierro. Este hombre anónimo e ignorado por el mundo, sentenciado por un delito sexual que aseguraba no haber cometido, se dio la tarea titánica de hacer varias copias manuscritas de su voluminoso expediente. Cada volumen era una copia idéntica al original, hubiera sido tan sencillo reproducir en unos minutos ese mamotreto de expediente con un copiadora electrónica, pero en su caso decidió copiar a pulso, como esos escribas antiguos, en cada hoja de papel su destino, sin olvidar los detalles más minúsculos , en reproducir cada formato con idéntica y maniaca precisión, con la única esperanza que algún visitante importante se lo llevara para hacer el trámite imposible que le devolviera la ansiada libertad.
La libertad es corporal por ello la prisión, el encierro, el castigo es una poderosa arma. ahí está Nelson Mandela encerrado 27 años, recitando Invictus en la isla de Robben. Ahí están los 4 millones de esclavos negros en 1860 en Estados Unidos, la tierra de la libertad. Hoy las fronteras y la persecución contra los migrantes es una forma de prisión global.
II.
Si el cuerpo necesita un espacio donde desplazarse, la mente necesita del cuerpo. Si ya es un castigo inhumano no poder moverse y chocarse con esos muros inamovibles de la prisión, por un momento imagínese ser prisionero de su propio cuerpo, estar secuestrado en su propia piel, estar mentalmente sano, pero con una parálisis corporal extrema, a tal punto que sólo su cuerpo le permita mover un ojo. En ese estado, sin habla, sin otro movimiento que ese parpadeo, ¿qué hacemos para comunicar los pensamientos, deseos, recuerdos que por estas circunstancias extrañas se en encuentran sanos y vibrantes? La medicina, a ese estado, lo ha llamado “el efecto escafandra”.
La historia que relato es real y la cuenta la película “La escafandra y la mariposa” (Le Scaphandre et le Papillon, en francés), dirigida por Julian Schnabel (2007), que cuenta la historia real de Jean-Dominique Bauby, editor de la revista Elle y que por un accidente quedó en esa situación médica. Este drama nos permite ver con claridad que no basta con tener la libertad de bailar, cantar, caminar sino la capacidad de hacerlo.
Si ese drama tiene un sentido mente-cuerpo, el sentido inverso puede resultar igual de preocupante. ¿Qué hace un cuerpo sin pensamientos, sin sentimientos? Sin esa dimensión psíquica, espiritual, nos convierte en esos personajes llamados zombis que tanto le gusta usar a las series de Hollywood. Las personas adictas al fentanilo y que pueblan las calles de algunas ciudades americanas pueden ser un ejemplo claro de esta situación.
Otra situación que nos debe llamar la atención es el exceso de la micro información, que nos inunde por las redes sociales. Esta información (contenido) dispersa y en su mayoría intrascendente está reconfigurando nuestro cerebro. La falta de atención que ya era un problema para el modo de producción capitalista, en esta época y para el futuro se convertirá en un problema real. “El exceso de visionado de videos cortos en redes sociales reduce la capacidad de concentración, la memoria, la toma de decisiones y la creatividad, además de incidir de forma negativa en la capacidad de retención y aprendizaje” sostiene la Sociedad Española de Neurología (SEN)
Hobsbawm afirmaba que los últimos años del siglo XX había provocado, principalmente en los jóvenes, la perdida de la memoria histórica, lo que provocaba la dificultad para poder comprender un acontecimiento en un contexto socio temporal amplio. Hoy a esa pérdida se debe sumar la de vivir en el eterno e intrascendente presente, que se convierte en la disolución de la existencia.
III.
El individuo puede ser encerrado en una prisión de ladrillo y alambres. La mente puede ser encerrada entre piel y huesos. La sociedad puede ser aprisionada por ideas.
Una historia que me sorprende por su crueldad y a la vez por su ridiculez es el aspecto racista del nazismo. El “inventor” de la doctrina de la raza superior, del superhombre, de la supremacía de la raza aria es precisamente un hombre pequeño, con defectos físicos, con enormes complejos, llamado Goebbels. El ministro de propaganda del régimen nazi era todo lo contrario de lo que pregonaba. Millones de personas le creyeron, cientos de miles de soldados marcharon al frente con esas ideas y miles de funcionarios ejecutaron una de las masacres mejor organizadas de la historia, amparados por las ideas que salían de un ser contrahecho y que exigía, hasta el delirio y la muerte, lo que él corporalmente no estaba en condiciones de representar.
Marina sostiene que hay sociedades estúpidas, aquellas que, en el debate público, en lugar de encontrar soluciones, encuentra más conflicto y mayor enredo. Es bajo estas circunstancias que existe el peligro de que la sociedad se torne una prisión interminable, donde los barrotes resultan la ideas prejuiciosas y fundamentalistas, y los carceleros son cada uno de los individuos que nos observan, como los niños que miran y controlan a Winston en 1984, y que no nos obligue, como a nuestro personaje, escribir a escondidas “para el futuro o para el pasado, para la época en que se pueda pensar libremente”.
Arequipa, 16 de diciembre de 2025
Autor: Hector Juarez Camargo
(Arequipa, 1968), abogado de profesión por la Universidad Católica Santa María (UCSM), licenciado en Filosofía en la Universidad Nacional de San Agustín (UNSA), magister en Ciencia Política y Gobierno con mención en Políticas Públicas y Gestión Pública, por la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) Docente en diferentes universidades. Con amplia experiencia en la gestión pública.
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Saludos Héctor