Acrílico sobre lienzo-Ariel Quiroz.
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Cuando un verdugo conocido iba al mercado llevaba una varita para señalar lo que quería comprar, se le prohibía poner las manos en cualquier objeto que estuviera en venta, se lo consideraba un ser impuro que infamaba todo lo que tocaba, igual que el leproso. Era un ser maldito. A mediados del siglo pasado un tendero tiró a la basura el plato y los cubiertos utilizados por el verdugo.
El rechazo social incluía a los familiares. Una hija del verdugo Gregorio Mayoral se fugó con un soldado dejándole al cuidado una nieta. El hijo fue despedido de Correos cuando se enteraron de que el padre ejercía un oficio repugnante. La hija del ejecutor Nicomedes Méndez quien además era criador y vendedor de canarios, estuvo a punto de casarse, pero la familia del novio se opuso al descubrir la identidad del padre y terminó suicidándose. A la esposa de otro ejecutor le pusieron el mote de la verduga. La mujer del ejecutor Casimiro Municio enfermó y murió a pocos días de saber que su marido fue nombrado titular del garrote vil.
A la marginación social se agregaba la marginación económica. Gregorio Mayoral vivía en una casucha humilde sin visitas ni relaciones sociales, solo venía la nómina y el aviso para algún trabajo. Bajo la cama guardaba el garrote en dos cajas de topografía barnizadas y limpias. En ocasiones lo recibieron a pedradas y cerraron las puertas a los lugares a donde fue. El desprecio, la ignominia, la pobreza, el destierro a que se condenaban los hacía parecer una víctima. Ni siquiera los llamados al suplicio cambiarían su destino por la del verdugo. Gregorio Mayoral no solo era el ejecutor de humanos, si no que tenía la afición de ejercer su oficio con perros y gatos de forma de excesiva, por lo cual tuvo problemas con una vecina.
Casimiro Municio vivía a 100 metros del cementerio en una casa llena de frío y pobre, posiblemente este hombre necesitaba rodearse de un ambiente siniestro ya que sus vistas solo eran cipreses y sepulturas.
Pero lo que suena espeluznante es que la “sociedad de la danza macabra” organizó conferencias estrafalarias, en una de ellas GM dio cuenta de sus habilidades como verdugo demostrando que amaba su oficio y además era un orador pomposo. Otra conferencia fue dada por los sepultureros de Bilbao. Para continuar con la extraña tertulia en los actos inaugurales incluyeron una comida en el cementerio de Mallorca, más una visita a Sevilla y la celebración de una merienda en el “huerto francés” sin dejar de depositar sendas coronas en las tumbas de los ajusticiados Juan Andrés Aldije y José Muñoz Lopera. Sin olvidar las vistas a varios condenados que esperaban en el corredor de la muerte andaluzas, como quien está obsesionado e impaciente con su próxima víctima o con sed de matar.
En Inglaterra trataron de ocultar su identidad embadurnándole la cara con betún negro. Alguien observó que causaba más miedo. Las personas decentes evitaban su trato.
En Francia existió la célebre dinastía de los Sanson y otras más. Charles Jean Baptiste detentaría el cargo desde los 7 años como ayudante, dicen que tenía ataques de pánico mientras se aferraba a su madre y lloraba como un niño diciendo que no quería ser verdugo. Llego a torturar a su hijo y entre llantos le pidió cumplir con el deber de la familia. Al parecer no todos quisieron ser verdugos. Charles Henri asumió el cargo con solo 15 años, en esa etapa como ayudante seguramente luego de desprender la cabeza al desgraciado la levantaba en alto para deleite de la chusma. Quizá el más célebre de la dinastía, mostró cualidades asombrosas y una sabiduría que no iba con su edad. Era casi un niño. Los estrangulamientos, decapitaciones, quemaduras fueron su vida laboral. Era elocuente, reflexivo, erudito, multilingüe, serio como cualquier funcionario público. Quería respeto para su profesión y la revolución se lo ofreció. Por su experiencia y profesionalidad pronto la guillotina adquirió un rango mítico y la mano que guiaba la máquina era la de Sanson. El público lo vitoreaba en la calle proclamándolo como el “vengador del pueblo”, el héroe que personificaba a las masas. Su popularidad llego hasta el fanatismo, tal vez hasta la idolatría, de modo que el uniforme de verdugo; pantalones a rayas, el sombrero de tres puntas y el abrigo verde acabaron como la moda callejera de los hombres y en cuanto a las mujeres llevaban aretes y broches en forma de guillotina. En un año mato a más de 2,000 personas. En un solo día se cargó a 54 desgraciados. Anoto en su diario; “el trabajo de un día cansado”. En algún momento llego a contratar hasta 16 asistentes para que lo ayuden a despachar a los sospechosos de la revolución. Nadie, nunca, jamás podrá exhibir una lista de ejecutados del más alto rango; el Rey Luis XVI, la Reyna María Antonieta, Georges-Jacques Danton, Carlota de Corday, Robespierre, el jefe de la revolución. Quien podría haber imaginado que un día se lo cargaría su servidor más fiel e implacable. Se mire por donde se le mire la revolución fue de lo más beneficiosa, acabo con las instituciones hereditarias, los privilegios fiscales de la nobleza y el clero, la servidumbre, etcéteras. Pero la del verdugo salió ileso. La revolución termino. La monarquía volvió a la carga triunfalmente y la imagen del verdugo llegó a su fin.
Lo sano sería pensar que son gente descontenta con su oficio. Por el contrario, se enorgullecen y hasta se creen artistas. Cabe preguntarse si su comportamiento era ya anormal de nacimiento o el oficio termino por enloquecerlos. Un ejecutor inglés, (Dernly) a los once años andaba curioseando en un libro y al cerrarlo se preguntó; ¿porque no ser verdugo? Luego de estar activo muchos años fue expedientado y expulsado por hacer chistes sobre el tamaño de los genitales de un reo al que acababa de ahorcar. Por pura nostalgia conservaba en su casa una maqueta a escala de la horca, con su ahorcado y su ataúd más todos los instrumentos de su oficio para cualquier curioso que quiera recibir una clase práctica de ahorcamiento. Un ejecutor alsaciano que ocupo la plaza de Paris, luego de morir encontraron en su dormitorio todos los pares de guantes que usó en cada una de sus ejecuciones con la fecha y el nombre de su víctima. Otro había instalado en el cobertizo de su casa una suerte de tétrico museo y allí se encerraba a contemplar la ropa de los ajusticiados porque el verdugo tenía el derecho a llevárselo. Otro ejecutor era un fanático de la guillotina, se quedaba en su casa durante días, sentado en una silla, preparado con el sombrero en la cabeza y el abrigo puesto esperando que lo llamen del ministerio.
El ejecutor inglés Harry Allen solía dormir luego de la ejecución. Antes se daba un baño y se iba a la cama. Nunca tuvo una pesadilla. El verdugo Pierrepoint a decir de su esposa era un hombre al que le gustaban las flores y ni que decir la familia.
Estos seres despreciables, extraños, ¿eran los únicos para el oficio? O es que la sociedad entera podía hacer de verdugo. John Ellis que también era peluquero cabe preguntarse si la gente no lo frecuentaba por curiosidad morbosa, llegarían a ofrecerle hasta 100 libras por acompañarlo en calidad de ayudantes del patíbulo. El interés del gran público por adquirir instrumentos de ejecución es demandante. De las audiencias públicas españolas se han robado tres garrotes en los últimos años. Un turista francés compro una soga con que había ahorcado a 50 condenados. También mujeres de todo respeto sienten verdadera fascinación por los verdugos y asesinos en general. En una ocasión el pregonero encontró a su mujer enamorando con el verdugo. Se obnubiló y le metió hasta cuatro puñaladas, logró refugiarse en un convento.
En 1931 las mujeres pugnaban por conseguir un autógrafo del célebre vampiro de Dusserldorf y en las afueras del recinto carcelario intentaban hacerle llegar al reo cartas de amor, flores y poemas. El abogado defensor del criminal Jarabo no se explicaba el demoniaco encanto que lo hacía irresistible a toda clase de mujeres. Hacían cola desde la madrugada para hacerse un sito en la sala donde se celebraba el juicio. Los primeros asientos llegaron a pagarse hasta mil pesetas de entonces.
El asesino oficial del que todos se avergonzaban nunca dejó de tener candidatos. Hasta hace un siglo el ministerio de justicia recibía hasta 5 solicitudes semanales para la plaza de verdugo de ciudadanos normales donde había sacerdotes, abogados, empresarios de funerarias, médicos. En la última convocatoria francesa se presentaron 530 aspirantes.
No siempre fue así, el verdugo tenía carácter sacerdotal-sagrado, el sacerdote degollaba a la víctima abría el vientre y leía en las entrañas el destino de la comunidad y se lo ofrendaba a los dioses. Las víctimas eran hombres infames y bajos, bestias crueles. Al perder su sentido religioso se convirtió en un marginado.
Este resumen viene de un libro entretenido, Verdugos y torturadores de Juan Eslava y de un artículo de María Jesús Jabato, historia corregida y aumentada de Gregorio Mayoral. Lo traigo a cuento para invocar con acciones extremas como la muerte, cuál era la situación del verdugo frente a la categoría de la libertad. Podría ser otra historia, pero he preferido esta narración dramática.
En general necesitamos solo un mínimo de libertad para decidir y dirigir nuestras vidas y la usamos en momentos específicos y casi a edad temprana, el resto nos lo pasaremos cumpliendo ese acto de libertad si es que lo hubo. El exceso de libertad haría que te desprendas del resto de la sociedad, vivimos como en un engranaje. La extrema libertad lleva a tragedias personales o sociales. Por lo que la gente prefiere trágicamente la seguridad a la libertad.
Cuál sería la diferencia en el uso de la libertad o que tanta libertad a usado para tomar decisiones aquel que ha sido condenado por tradición familiar a seguir el oficio o profesión decente de sus mayores y aquel que ha sido condenado a heredar la profesión maldita de verdugo. La respuesta parece clara. Si por tradición familiar tengo seguridad económica, no necesito la libertad para elegir nada, estar bien ubicado en la sociedad hace que no tenga necesidad de usarla. A las personas o grupos económicamente pudientes no les importa porque un patrimonio no se cuida con libertad.
Hagamos lo que hagamos estamos condenados a una vida de sometimiento y solo ejercemos la libertad en nuestra vida concreta en escazas ocasiones. Entre más amplia sea nuestro concepto de libertad más recursos demanda así que hay que tantear cuanto puedes cargar. Luego nuestra vida entera es una servidumbre a esa libertad igual que la de los verdugos.
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Autor: Samuel Alvarez Roque
(Moquegua, 1964)
Tiene estudios de Literatura en la UNSA. Estudió en el ICPNA. Ha realizado traducciones académicas y literarias. Y se dedica a la composición fotográfica.
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