Mural de Walter Solón
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Un análisis crítico de la libertad en la era digital
La libertad en el presente
Al abordar el concepto de libertad, nos vemos obligados a pensarla en su doble dimensión: la concreta y la abstracta. Es fundamental apartarla del halo místico que suelen atribuirle ciertas corrientes ideológicas, interesadas en instaurar una libertad que no corresponde a la realidad, sino que se trata de una versión fetichizada, despojada de su origen, una libertad etérea, inexistente.
Nos bombardean no solo con la palabra “libertad”, sino con un “concepto” ambiguo, indefinido y difícilmente contrastable con la realidad, que solo habita en la imaginación de sus defensores y propagadores. Estos, con fervor casi religioso, repiten y vociferan la consigna como si fuera un catecismo de fanatismo desenfrenado.
Actualmente, la libertad, al igual que la democracia y otros valores fundamentales, atraviesa una profunda crisis conceptual. Los líderes occidentales se valen de las circunstancias para justificar nuevas reinterpretaciones, aprovechando que el público global consume la información que ellos mismos generan, saturada de una “radioactividad” mediática que atrofia el pensamiento crítico y fomenta la desinformación, apoyada por fake news, misinformación y la posverdad.
Los temas de relevancia rara vez se abordan con profundidad. Resulta más sencillo depurarlos y entenderlos a través de un meme absurdo o un “like” superficial, incapaces de estimular la reflexión en medio de la “nextificación” del conocimiento, donde prima la inmediatez, el zapping, la velocidad y la ansiedad por lo que está por venir.
Las condiciones actuales de desarrollo tecnológico y el creciente apego a ellas nos sitúan en una paradoja de la libertad. Se ha dicho que vivimos en una época donde la libertad se reduce a la elección ilimitada de opciones —pulsar un botón— sin que exista una acción realmente significativa. Así, se genera una pasividad en el “Phono sapiens”, que cree elegir pero en realidad vive sin auténtica actividad o libertad, como sostiene Byung-Chul Han.
Surgen entonces “revoluciones” porque el Estado se atreve a restringir Facebook u otras redes sociales del imperio occidental. Esto resulta inadmisible para muchos, sin importar la ausencia de otras “libertades” que esas mismas redes dicen promover. Lo único que interesa es la “libertad” de acceder a Facebook.
De esta manera, la inmaterialidad de la libertad se normaliza y deja de hablarse de la libertad concreta y real, para centrarse exclusivamente en la libertad que se ajusta al entorno digital, ignorando el mundo analógico y físico que habitamos.
Así, conceptos como democracia, justicia, verdad, ética y belleza quedan supeditados a lo que nos transmiten los dispositivos electrónicos y las redes sociales, junto a los “amigos” virtuales con quienes compartimos información y comentarios. Frases como “lo vi en TikTok”, “hay un video en YouTube que lo explica muy bien” o “lo ha declarado Trump, lo vi en las redes” se convierten en verdades absolutas, inmunes a la duda, porque quienes las fabrican ya saben el efecto que buscan provocar.
Leer, investigar y profundizar en el conocimiento ya no son requisitos para opinar; basta con conocer algo de manera superficial, expresarlo de forma estandarizada y apelar a palabras como libertad, democracia, autoestima, mercadotecnia o conocimiento técnico. Eso parece suficiente en la lógica actual.
La libertad se transforma entonces en una extensión de la palabra “like”, de chatear, de tener suficiente batería y datos, de contar con amigos para compartir memes y con tres ideas básicas para lanzar odio —“hate”, como se dice en inglés— contra quienes aún piensan, leen e investigan. Esos pueden ser despreciados con modismos de moda, como “zurditos de mierda”, o con adjetivos más fuertes. Esa es la libertad que impera en nuestros días.
Esclarecimientos sobre la libertad
Como mencionamos al inicio y repetimos en esta segunda parte, profundizar en el concepto de libertad obliga a distinguir entre la realidad concreta y la abstracta, así como entre la libertad individual y la colectiva.
Comencemos por lo segundo. Es común creer que la libertad individual se opone a la colectiva y viceversa —un argumento esgrimido de manera exagerada por los divulgadores del imperio occidental—, pero nada más lejos de la verdad. La libertad individual está intrínsecamente vinculada a la colectiva, y viceversa. Para demostrarlo, abordaremos la primera afirmación planteada previamente.
Distinguir la libertad concreta de la abstracta es otro aspecto esencial a considerar. La libertad concreta es la que se ejerce en la realidad, y puede medirse por la satisfacción de nuestras necesidades con libertad, o por las restricciones que enfrentamos para satisfacerlas, diferenciando entre necesidades vitales y suntuarias. Si nuestras necesidades básicas, elementales y vitales son restringidas, sabemos que nuestra libertad concreta está limitada, recortada o incluso amputada; en resumen, carecemos de libertad concreta.
El siguiente paso es pensar en la libertad abstracta. ¿Qué es la libertad? Las definiciones fluctúan entre la autodeterminación individual y la ausencia de esclavitud; es la capacidad de elegir actuar o no, y asumir la responsabilidad sobre nuestros actos, hasta el acto de liberar a quien está atado o sometido. Bajo este enfoque, debemos preguntarnos si realmente experimentamos la libertad abstracta. Tras un breve examen, la respuesta suele ser negativa. ¿Ejercemos nuestra libre determinación? ¿No somos esclavos? ¿Podemos transitar las calles sin temor a agresión o violencia? ¿No sufrimos ningún tipo de dominación? Si respondemos con honestidad, obtendremos una conclusión similar a la anterior: carecemos de libertad abstracta.
La verdadera contradicción
Como podemos advertir, la libertad concreta y la abstracta se corresponden mutuamente, al igual que la individual y la colectiva. Para ser libres individualmente, necesitamos un consenso político-jurídico, un pacto social que permita constituir un poder soberano capaz de garantizar el bienestar colectivo, además de leyes, seguridad y justicia.
Al carecer de estos elementos, no existe libertad individual, ni colectiva, ni concreta, ni abstracta.
¿Qué libertad tenemos hoy?
La respuesta es sencilla y cruda: hoy, tanto a nivel global como en numerosos países, la “libertad” pertenece a un grupo selecto. Es decir, una élite con vastos recursos económicos y potentes instrumentos de propaganda y manipulación, que han concentrado medios y formas de persuasión, y nos han convencido de que su concepto de libertad es el único válido, el más justo y el más idóneo. Si el sistema presenta errores, se encargarán de enmendarlos. A este modelo lo llaman “democracia”, un mundo regido por reglas.
Pero en realidad, se trata de una libertad que solo beneficia a esta élite, tanto global como local, permitiendo —por comodidad y supervivencia— que, de manera excepcional y no por regla, algunos puedan elevarse del grupo de los no libres a quienes tienen el privilegio de disfrutar la concentración de libertades, libetinajes, liberticidas, libertarios, libremercados, librecambios y libertinos.
Este modelo de libertad no es democracia, ni tampoco la democracia que anhelamos. Debemos tener claro que la primera libertad que debemos ejercer es la de pensar, leer, investigar y profundizar, sin depositar nuestra confianza en lo que dictan cuatro videos o en el exceso de información que reina como pandemonio en las redes. Pensemos, humanas y humanos del mundo: pensar nos hace libres.
Solo pensando podremos confrontar a la libertad corporativa, y constituir un mundo soberano basado en el ejercicio autentico de la libertad individual y colectiva, en la correspondencia mutua de la libertad concreta y la libertad abstracta.
jj
Autor: José Justo Calderón Dongo
(Arequipa, 1971)
Antropólogo, estudioso de la obra de José María Arguedas, así como de la obra de K.M., escritor comprometido, y militante desde la producción audiovisual.
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Muy buen artículo José Justo. Saludos HV