Siwares que llegan hasta el sol para beberle su fuego y llamear sobre las flores del mundo. JMA

¡Ram!, ¡Ram!, ¡Ram!

2024 Eyad Baba/AFP via Getty Images.

 

 

War has long been a sensational topic. Warfare concentrates and intensifies some of our strongest emotions: courage and fear, resignation and panic, selfishness and self-sacrifice, greed and generosity, patriotism and xenophobia. The stimulus of war has incited human beings to prodigies of ingenuity, improvisation, cooperation, vandalism, and cruelty. It is the riskiest field on which to match wits and luck: no peaceful endeavor can equal its penalties for failure, and few can exceed its rewards for success. It remains the most theatrical of human activities, combining tragedy, high drama, melodrama, spectacle, action, farce, and even low comedy. War displays the human condition in extremes.

                                                                                                                  Lawrence H. Keeley

 

Una mojada mañana de la estación de lluvias, en la Birmania de 1931, George Orwell presenció el ahorcamiento de un condenado.

Era un hindú con la cabeza rapada y un bigote demasiado grande y espeso para su pequeño cuerpo. Seis carceleros corpulentos lo sacaron de una celda casi vacía. Agarrados a los barrotes había unos hombres envueltos en mantas, eran los que serían ahorcados las próximas semanas. Dos carceleros iban armados con rifles. Los otros le ponían esposas y pasaban una cadena a través de los grilletes para sujetarlo a sus cinturones y además con una soga le ataban las manos contra su costado. Luego lo rodearon pasándole las manos cuidadosamente por los hombros, como acariciándolo. El hombre se sometió como si apenas se diera cuenta de lo que ocurría.

 A eso de las ocho un desolador toque de corneta hace levantar la cabeza al superintendente de la cárcel, un médico militar de bigote gris como un cepillo y voz áspera.

-Ese hombre ya debería estar muerto -Dice.

-Los presos no pueden desayunar hasta que terminemos -ordena.

 De pronto un perro se acerca ladrando y brincando. Loco de Alegría salta alrededor de todos. Antes de detenerlo fue derecho al prisionero tratando de lamerle la cara. El prisionero miraba sin curiosidad.

Faltaban 30 metros para llegar a la horca, el preso marchaba delante de Orwell con paso decidido. En un momento se hizo levemente a un lado para evitar un pequeño charco del camino. En ese instante Orwell toma conciencia de lo que es arrancar una vida humana en todo su vigor.

El verdugo, un convicto vestido de blanco, de cabellos canos lo esperaba. Colocó la soga alrededor del cuello del condenado. De pronto cuando el nudo corredizo estaba colocado comenzó a llamar a su dios a gritos.  ¡Ram!, ¡Ram!, ¡Ram!  fuerte y reiterado, no urgente y temeroso como un rezo o una llamada de auxilio, si no continuo y rítmico como el tañido de una campana. El perro contestó con lamentos. El verdugo tapó el rostro del condenado con un saquito de algodón. Seguía oyéndose el grito. ¡Ram!, ¡Ram!, ¡Ram! Una y otra vez.

El verdugo está listo para actuar. El grito prosigue sin cesar, ¡Ram!, ¡Ram!, ¡Ram! Todos habían cambiado de color. Los hindúes a grises como el café malo. Todos miraban al hombre amarrado y encapuchado. Todos tenían el mismo pensamiento: << ¡Por favor, mátenlo pronto, acaben de una vez, terminen con ese ruido abominable! >>.

-Chalo -exclamó el superintendente.

Se produjo un ruido estridente y luego un silencio mortal. Dimos la vuelta para inspeccionar, el cuerpo se balanceaba con los pies apuntando al suelo, inerte como una piedra.

-Perfecto. -dijo el superintendente.

Miró su reloj de pulsera.

-Las ocho y ocho minutos. Bueno eso es todo por esta mañana, a dios gracias.

Después de la ejecución, aquella parecía una escena doméstica y alegre. Experimentábamos un enorme alivio. Un impulso de cantar, de echar a correr, de bromear. Todo el mundo empezó a charlar alegremente. Nativos y europeos bebimos juntos, amigablemente. El cadáver se hallaba a 90 metros de nosotros >>.

Los párrafos anteriores son un resumen del relato de George Orwell, una ejecución 1931, para poner en contexto al lector. La razón de estas líneas es comentar el siguiente segmento.

2.- <<Se hizo levemente a un lado para evitar un pequeño charco del camino>>.

A todo lector le debe provocar curiosidad la acción del condenado de no querer pisar un charco de agua en su camino a la horca. Todo está perdido, ya nada importa. El relato es una mezcla de realidad y ficción.

Una gran observación que parece no tener mucha importancia. Una frase extraña y única en el relato. Sobre todo, a medida que uno va conociendo los acontecimientos e imaginando la parafernalia que han montado los hombres para justificar sus matanzas. Así; el verdugo vestido de blanco, el superintendente cuidando que los presos desayunen después de matar al condenado, siempre pendiente de la hora, las ocho con ocho de la mañana, el desolador toque de corneta. El tenebroso protocolo por seguir; rifles, cadenas, esposas, sogas, el saquito de algodón para cubrir la cara del condenado, dar gracias a dios, etc. Un ambiente sin lugar para la vida. Sin contar bajo qué arbitrariedades haya sido encontrado culpable. En la Birmania de 1931 eran tiempos de disturbios, de frustración económica. La prisión es un lugar donde la muerte es una cotidianeidad y el dolor una vanidad. Entonces aparece la vida en todo su esplendor. Un pequeño salto, para evitar un charco en el camino a la muerte.

Por qué un hombre que está a minutos de ser ahorcado decide no mojarse como si temiera coger una gripe o ensuciar su vestimenta porque va a ir a una importante entrevista de trabajo que le va a cambiar la vida o a una cita con alguna amante. Por qué realiza un acto propio de quien debe vigilar su reputación estética, la belleza, la limpieza de su indumentaria. Eso hace alguien que da por sentado que el mañana está lleno de promesas, de planes, de ilusiones, de ambiciones, de incertidumbres, de desafíos, etc. Se comporta como cuando nos espera la familia en casa. Conducta que tiene sentido si mañana damos por sentado que estaremos vivos. Pero no cuando unos metros lo separan de la muerte.

Mas allá del terror a morir no pudo deshacerse de siglos de instrucción pública, de milenios de represión civilizatoria. Esperó al verdugo que lo ahorque invicto en los buenos modales. ¿Al evitar el charco tal vez esperaba un milagro que lo salvara del destino violento al que lo condenaron los hombres?

También cabe preguntarse la otra posibilidad, ¿Y si pisaba el charco? Concurriría resignado a su muerte. Libre de todo control social, con sus instintos dirigiendo su final.

Pero no, el cuidado estético de su apariencia fue el último refugio en el que la vida dio batalla antes de apagarse.

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Autor: Samuel Alvarez Roque

(Moquegua, 1964)

Tiene estudios de Literatura en la UNSA. Estudió en el ICPNA. Ha realizado traducciones académicas y literarias. Y se dedica a la composición fotográfica.

 

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