Siwares que llegan hasta el sol para beberle su fuego y llamear sobre las flores del mundo. JMA

LA GUERRA Y LA POESÍA: EL CANTO INSURGENTE DE LA PALABRA

2024 Eyad Baba/AFP via Getty Images.

¿Es la poesía un acto de evasión de la realidad? Esta pregunta resuena con fuerza en tiempos convulsos, cuando la violencia y la guerra parecen teñirlo todo con su sombra espesa. Sin embargo, reducir la poesía a un simple escape sería negarle su verdadera naturaleza: la de ser una llamarada de resistencia, un testimonio y una trinchera desde donde la palabra se alza, desafiante.

La poesía, lejos de ser un refugio de evasión, es un acto de presencia. En cada verso late la pulsación de una conciencia despierta, que no rehúye el horror sino que lo nombra, lo enfrenta y lo transforma. La poesía tiene el poder de conmover y sensibilizar, sí, pero también el deber ético de poner el dedo en la llaga, de señalar la herida social, de denunciar los horrores de la guerra —esa catástrofe desatada por la humanidad— y recordarnos, a través del lenguaje, la dignidad y el dolor.

La poesía no canta al poder ni le rinde pleitesía; lo desafía, lo interroga, lo desenmascara. Desde la fragilidad del colibrí —símbolo de belleza y resistencia— la poesía se convierte en un arma sutil, capaz de penetrar los escudos del cinismo y la indiferencia. A través de la sensibilidad y la esperanza, la voz poética articula la memoria de las víctimas, la rabia de quienes han sido silenciados, el anhelo de quienes sueñan con un mundo distinto.

Es en los tiempos de violencia extrema cuando la poesía revela su fibra más indómita. Donde la palabra oficial busca domesticar el dolor y justificar la barbarie, el poema se levanta para recordarnos que la verdad también puede ser cantada, y que la belleza puede nacer incluso del barro y la ceniza. La poesía es un acto de insurrección: su poder reside en la capacidad de decir lo indecible, de dar testimonio cuando tantas voces han sido acalladas.

Pero la poesía no se limita a registrar la ruina; es, además, germen de esperanza. En cada imagen, en cada metáfora, late la promesa de la vida que resurge, la semilla inesperada que brota entre escombros. Por eso, aunque la guerra busque reducir el mundo a cenizas, la poesía se reinventa —mil veces si es necesario— para recordarnos que la vida, al final, resiste.

En este espíritu, esta Revista Digital (Siwar en quechua significa colibrí) que inicia su andadura quiere rendir homenaje a quienes, desde la sensibilidad del colibrí, han alzado la voz poética en medio de la guerra. Poetas de todos los tiempos, lenguas y geografías, que no han temido mirar de frente la violencia para transfigurarla en palabras, en canto, en memoria viva. Como acto de gratitud y reconocimiento, ofrecemos aquí una selección de poemas que dialogan con el conflicto, el dolor y la esperanza, y abrimos la invitación para que, si conoces otras voces, nos escribas y las sumemos a este coro de resistencia.

Así, la poesía, lejos de evadir la realidad, la enfrenta con la valentía de quien ama la vida y no renuncia a celebrarla, incluso en medio de la noche más oscura.

MUCHAS MANERAS DE MATAR

Bertold Brecht

Hay muchas maneras de matar.
Pueden meterte un cuchillo en el vientre.
Quitarte el pan.
No curarte de una enfermedad.
Meterte en una mala vivienda.
Empujarte hasta el suicidio.
Torturarte hasta la muerte por medio del trabajo.
Llevarte a la guerra, etc…
Sólo pocas de estas cosas están prohibidas en nuestro Estado.

GENERAL, TU TANQUE ES MÁS FUERTE QUE UN COCHE

Bertold Brecht

General, tu tanque es más fuerte que un coche.
Arrasa un bosque y aplasta a cien hombres.
Pero tiene un defecto:
necesita un conductor.
General, tu bombardero es poderoso.
Vuela más rápido que la tormenta y carga más que un elefante.
Pero tiene un defecto:
necesita un piloto.
General, el hombre es muy útil.
Puede volar y puede matar.
Pero tiene un defecto:
puede pensar.

¿PARA CUÁNDO?

Muhammad Aziz al-Hababi

La noche
nos sigue.
Noche sin fin,
tinieblas del hambre,
tinieblas sin luna
que alucina nuestros pálidos rostros.
Gritos de blasfemia
horadan la blindada faz del cielo sin eco.
Gritos salvajes.
Gritos de rabia
que la miseria arranca
de nuestras gargantas en llamas.
¿Para cuándo
las espigas de nuestra tierra
y la dulzura de nuestro cielo?
¿Para cuándo
el sol en el corazón?
¿Veremos un día,
el día,
como todo el mundo?
Todo el mundo busca la paz.
Nosotros preferimos estar en querella
con la muerte
que nos siega
sin consideraciones
ni piedad
por teorías
infinitas,
todos los días
sin tregua.

¡ES UNA TIERRA!

Mosab Abu Toha

Para aquellos que vigilan al otro lado
disparándonos, escupiéndonos,
¿cuánto tiempo estaréis parados ahí, encerrados por el odio?
¿Seguiréis usando vuestras gafas negras hasta
no poder quitároslas?
Pronto no estaremos aquí para que nos vigilen.
No importará si pestañeáis o no,
si podéis o no pararos.
No cruzaréis ese río
para coger más tierras,
porque se perderán en su espejismo.
No podéis levantar una colonia sobre nuestras tumbas.
Y cuando expiremos,
nuestros huesos seguirán creciendo,
hasta llegar y mezclarse con la raíz de los olivos
y de los naranjos, y bañarse en el dulce mar de Jaffa.
Un día, volveremos a nacer cuando no estéis.
Porque esta tierra nos conoce. Es nuestra madre.
Al morir solo descansamos en su vientre
mientras se desvanece la oscuridad.
Para aquellos que ya NO están,
hemos estado aquí siempre.
Hemos estado hablando, pero vosotros
nunca quisisteis escuchar.

EL BOMBARDEO TERMINÓ

Najwan Darwish

Nadie te reconocerá mañana.
El bombardeo terminó
solo para volver a empezar dentro de ti.
Los edificios se derrumbaron, el horizonte ardió,
solo para que las llamas ardiesen en tu interior,
llamas que devorarían hasta la piedra.
Los asesinados se hunden en el sueño,
pero el sueño nunca los encontrará:
despiertos para siempre,
despiertos hasta que se desmoronen, estas enormes rocas
que se dice son las lágrimas de dioses retirados.
El perdón ha terminado,
y la misericordia se derrama fuera del tiempo.
Nadie te conoce ahora,
y nadie te conocerá mañana.
Tú, como los árboles,
fuiste plantado en el mismo lugar mientras caían las cáscaras.

MASA

César Vallejo

Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Se le acercaron dos y repitiéronle:
«¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando «¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: «¡Quédate hermano!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Entonces todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar…

SOLÍA ESCRIBIR CON SU DEDO GRANDE EN EL AIRE

César Vallejo

Solía escribir con su dedo grande en el aire:
«¡Viban los compañeros! Pedro Rojas»,
de Miranda de Ebro, padre y hombre,
marido y hombre, ferroviario y hombre,
padre y más hombre. Pedro y sus dos muertes.
Papel de viento, lo han matado: ¡pasa!
Pluma de carne, lo han matado: ¡pasa!
¡Abisa a todos compañeros pronto!
Palo en el que han colgado su madero,
lo han matado;
¡lo han matado al pie de su dedo grande!
¡Han matado, a la vez, a Pedro, a Rojas!
¡Viban los compañeros
a la cabecera de su aire escrito!
¡Viban con esta b del buitre en las entrañas
de Pedro
y de Rojas, del héroe y del mártir!
Registrándole, muerto, sorprendiéronle
en su cuerpo un gran cuerpo, para
el alma del mundo,
y en la chaqueta una cuchara muerta.
Pedro también solía comer
entre las criaturas de su carne, asear, pintar
la mesa y vivir dulcemente
en representación de todo el mundo.
Y esta cuchara anduvo en su chaqueta,
despierto o bien cuando dormía, siempre,
cuchara muerta viva, ella y sus símbolos.
¡Abisa a todos compañeros pronto!
¡Viban los compañeros al pie de esta cuchara para siempre!
Lo han matado, obligándole a morir
a Pedro, a Rojas, al obrero, al hombre, a aquel
que nació muy niñín, mirando al cielo,
y que luego creció, se puso rojo
y luchó con sus células, sus nos, sus todavías, sus hambres, sus pedazos.
Lo han matado suavemente
entre el cabello de su mujer, la Juana Vázquez,
a la hora del fuego, al año del balazo
y cuando andaba cerca ya de todo.
Pedro Rojas, así, después de muerto
se levantó, besó su catafalco ensangrentado,
lloró por España
y volvió a escribir con el dedo en el aire:
«¡Viban los compañeros! Pedro Rojas».
Su cadáver estaba lleno de mundo.

GUERRA

Miguel Hernández

Todas las madres del mundo,
ocultan el vientre, tiemblan,
y quisieran retirarse,
a virginidades ciegas,
el origen solitario
y el pasado sin herencia.
Pálida, sobrecogida
la fecundidad se queda.
El mar tiene sed y tiene
sed de ser agua la tierra.
Alarga la llama el odio
y el amor cierra las puertas.
Voces como lanzas vibran,
voces como bayonetas.
Bocas como puños vienen,
puños como cascos llegan.
Pechos como muros roncos,
piernas como patas recias.
El corazón se revuelve,
se atorbellina, revienta.
Arroja contra los ojos
súbitas espumas negras.
La sangre enarbola el cuerpo,
precipita la cabeza
y busca un hueco, una herida
por donde lanzarse afuera.
La sangre recorre el mundo
enjaulada, insatisfecha.
Las flores se desvanecen
devoradas por la hierba.
Ansias de matar invaden
el fondo de la azucena.
Acoplarse con metales
todos los cuerpos anhelan:
desposarse, poseerse
de una terrible manera.
Desaparecer: el ansia
general, creciente, reina.
Un fantasma de estandartes,
una bandera quimérica,
un mito de patrias: una
grave ficción de fronteras.
Músicas exasperadas,
duras como botas, huellan
la faz de las esperanzas
y de las entrañas tiernas.
Crepita el alma, la ira.
El llanto relampaguea.
¿Para qué quiero la luz
si tropiezo con tinieblas?
Pasiones como clarines,
coplas, trompas que aconsejan
devorarse ser a ser,
destruirse, piedra a piedra.
Relinchos. Retumbos. Truenos.
Salivazos. Besos. Ruedas.
Espuelas. Espadas locas
abren una herida inmensa.
Después, el silencio, mudo
de algodón, blanco de vendas,
cárdeno de cirugía,
mutilado de tristeza.
El silencio. Y el laurel
en un rincón de osamentas.
Y un tambor enamorado,
como un vientre tenso, suena
detrás del innumerable
muerto que jamás se aleja.

EXPLICO ALGUNAS COSAS

Pablo Neruda

Preguntaréis
Y dónde están las lilas?
Y la metafísica cubierta de amapolas?
Y la lluvia que a menudo golpeaba
sus palabras llenándolas
de agujeros y pájaros?
Os voy a contar todo lo que me pasa.
Yo vivía en un barrio
de Madrid, con campanas,
con relojes, con árboles.
Desde allí se veía
el rostro seco de Castilla
como un océano de cuero.
Mi casa era llamada
la casa de las flores, porque por todas partes
estallaban geranios: era
una bella casa
con perros y chiquillos.
Raúl, te acuerdas?
Te acuerdas, Rafael?
Federico, te acuerdas
debajo de la tierra,
te acuerdas de mi casa con balcones en donde
la luz de junio ahogaba flores en tu boca?
Hermano, hermano!
Todo
eran grandes voces, sal de mercaderías,
aglomeraciones de pan palpitante,
mercados de mi barrio de Argüelles con su estatua
como un tintero pálido entre las merluzas:
el aceite llegaba a las cucharas,
un profundo latido
de pies y manos llenaba las calles,
metros, litros, esencia
aguda de la vida,
pescados hacinados,
contextura de techos con sol frío en el cual
la flecha se fatiga,
delirante marfil fino de las patatas,
tomates repetidos hasta el mar.
Y una mañana todo estaba ardiendo
y una mañana las hogueras
salían de la tierra
devorando seres,
y desde entonces fuego,
pólvora desde entonces,
y desde entonces sangre.
Bandidos con aviones y con moros,
bandidos con sortijas y duquesas,
bandidos con frailes negros bendiciendo
venían por el cielo a matar niños,
y por las calles la sangre de los niños
corría simplemente, como sangre de niños.
Chacales que el chacal rechazaría,
piedras que el cardo seco mordería escupiendo,
víboras que las víboras odiaran!
Frente a vosotros he visto la sangre
de España levantarse
para ahogaros en una sola ola
de orgullo y de cuchillos!
Generales
traidores:
mirad mi casa muerta,
mirad España rota:
pero de cada casa muerta sale metal ardiendo
en vez de flores,
pero de cada hueco de España
sale España,
pero de cada niño muerto sale un fusil con ojos,
pero de cada crimen nacen balas
que os hallarán un día el sitio
del corazón.
Preguntaréis por qué su poesía
no nos habla del sueño, de las hojas,
de los grandes volcanes de su país natal?
Venid a ver la sangre por las calles,
venid a ver
la sangre por las calles,
venid a ver la sangre
por las calles!

LA MURALLA

Nicolás Guillén

Para hacer esta muralla,
Tráingame todas las manos:
Los negros sus manos negras,
Los blancos sus blancas manos.
Una muralla que vaya
Desde la playa hasta el monte,
Desde el monte hasta la playa,
allá sobre el horizonte.
Al corazón del amigo,
Abre la muralla;
Al veneno y al puñal,
Cierra la muralla;
al ruiseñor en la flor,
abre la muralla;
al diente de la serpiente,
cierra la muralla.
Alcemos una muralla
juntando todas las manos:
los negros, sus manos negras,
los blancos, sus blancas manos.

—————————————————————————————-

Los colibríes, en la cosmovisión mesoamericana, eran considerados tanto seres de amor y fertilidad como símbolos de guerreros. Se asociaban con el amor por su agilidad y capacidad para cortejar, mientras que su ferocidad territorial y su conexión con el dios mexica de la guerra, Huitzilopochtli, los convertían en símbolos de la batalla y de los guerreros caídos. 

 

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Autor:

Siwar

Siwar en quechua significa Colibrí, y Media es un vocablo inglés que significa Medios de comunicación.

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