Sugerencia editorial: para Siwar Media, yo publicaría esta versión con una fotografía de apertura sobria —un teléfono mostrando información contradictoria sobre una elección, por ejemplo— y destacaría como frase de portada: “La posverdad no necesita que todos crean la misma mentira; basta con que dejemos de saber en quién confiar.”
ChatGPT
I. MENTIRA LA VERDAD
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A finales de los 90 Cuando el espacio tiempo gozaba de algún respeto, desde Canadá nuestro amigo Toto nos enviaba un cassette, ese instrumento mágico que reproducía sonidos, en esa grabación mágica Llegaba el álbum completo de Manu Chao Clandestino, sería quizás uno de los pocos en el país que los conocía y en ese trabajo la estrofa de una canción que profetizada el futuro que se acercaba: mentira la verdad.
Si la manipulación es la chica de rojo de Matrix la posverdad es casarse con ella.
II. LA POSVERDAD: CUANDO LA POLÍTICA DEJA DE NECESITAR LOS HECHOS (CON IA ChatGPT)

Preguntando a ChatGPT una definición de posverdad nos propone la siguiente:
La posverdad es un régimen de comunicación política en el que la eficacia de una afirmación para producir adhesión pública depende menos de su correspondencia con hechos verificables que de su capacidad para activar emociones, identidades, prejuicios y lealtades colectivas; en su forma más extrema, supone la subordinación política de la realidad a narrativas cuya aceptación se mantiene incluso frente a evidencia contradictoria.
(Aquí parte del articulo creado por la IA)
Hay algo profundamente paradójico en nuestro tiempo: nunca hemos tenido tantas posibilidades de acceder a información y, sin embargo, cada vez resulta más difícil ponernos de acuerdo sobre lo que realmente ocurrió.
Una fotografía puede ser auténtica y, al mismo tiempo, utilizarse para demostrar un acontecimiento que nunca ocurrió. Una encuesta puede ser completamente inventada y alcanzar miles de personas antes de que alguien consiga desmentirla. Un video puede ser real, pero estar acompañado de una explicación falsa. Y una institución puede presentar pruebas para desmentir una afirmación y recibir como respuesta que, precisamente por desmentirla, demuestra que forma parte de la conspiración.
El problema ya no es solamente la mentira.
Es algo más profundo: la pérdida de la capacidad colectiva para determinar qué debe considerarse verdadero.
A este fenómeno lo llamamos posverdad.
(Luego continua con un análisis sobre la posverdad en Perú)
La mentira no es suficiente para explicar la posverdad
El Oxford English Dictionary definió post-truth como aquellas circunstancias en las que los hechos objetivos tienen menos influencia en la formación de la opinión pública que las apelaciones a las emociones y las creencias personales.
La definición es importante, pero necesita una precisión.
No toda mentira es posverdad. No toda noticia falsa es posverdad. No toda desinformación constituye por sí misma un fenómeno de posverdad.
La desinformación puede consistir en fabricar deliberadamente un dato falso. La posverdad es más amplia: describe una situación política en la cual la evidencia pierde capacidad para arbitrar las creencias colectivas.
Lee McIntyre ha definido este fenómeno como una forma de subordinación política de la realidad. La cuestión deja entonces de ser simplemente si una afirmación es verdadera o falsa y pasa a ser otra: ¿qué ocurre cuando una creencia política conserva su fuerza, aunque la evidencia disponible la contradiga?
Esta diferencia es fundamental.
La desinformación intenta hacernos creer algo falso.
La posverdad puede conseguir algo todavía más peligroso:
hacernos creer que ya no existe una forma confiable de saber qué es verdadero.
El problema final
La mayor amenaza de la posverdad no consiste en que una sociedad crea una mentira.
Las sociedades siempre han creído mentiras.
El problema aparece cuando una sociedad empieza a considerar que ya no existe ningún procedimiento confiable para distinguir la mentira de la verdad.
Porque si todo puede ser falso, cualquier cosa puede ser verdadera.
Y si cualquier cosa puede ser verdadera, la verdad deja de ser el criterio que organiza la discusión pública.
Entonces aparece una pregunta mucho más inquietante:
¿Quién decide qué creer cuando los hechos dejan de decidirlo?
La respuesta puede ser el líder.
La tribu política.
El algoritmo.
El influencer.
El medio de comunicación.
La mayoría.
O, simplemente, quien tenga mayor capacidad para producir miedo, indignación o esperanza.
Por eso la posverdad no significa literalmente que hayamos entrado en una época “después de la verdad”.
Significa algo más peligroso:
que la verdad puede seguir existiendo y, sin embargo, perder su capacidad política para resolver nuestras disputas.
Una democracia no necesita ciudadanos que piensen igual.
Necesita ciudadanos capaces de discutir dentro de un mundo de hechos suficientemente compartido.
Podemos tener diferentes interpretaciones sobre lo que ocurrió.
Podemos tener diferentes ideologías.
Podemos defender proyectos políticos opuestos.
Pero si dejamos de compartir los hechos básicos sobre los cuales discutimos, la democracia deja de ser deliberación y comienza a convertirse en una guerra de realidades.
Y quizá esa sea la verdadera batalla política de nuestro tiempo:
no decidir quién tiene la verdad absoluta, sino impedir que lleguemos a creer que la verdad ya no importa.
III. ANTÍDOTO PARA NO HABLAR COJUDECES (con inteligencia humana, la mía y la de otros)
Tal como lo sugiere la (mi) inteligencia humana y la artificial como podemos conversar, uno de los requisitos esenciales de la convivencia democrática, con alguien que se niega a reconocer los hechos. A todos nos a tocado encontrarnos con ese viejo amigo de infancia que la vida no so lo nos condujo a experiencias diferentes sino a posiciones políticas-ideológicas diferentes; en mi caso mi amigo se llama D. es un prospero profesional minero y cree en todo lo que dice el establishment fujimorista: que hubo fraude el 2021, que Fujimori padre no fue japones, y si lo fue no importa, porque sus resultados lo justifican todo y que nunca ordeno matar, y el malvado de esa época fue Montesinos y un largo bla, bla.
Eco, en Kant y el Ornitorrinco, tiene una lección para hablar del SER.
Nosotros usamos signos como expresiones para expresar un contenido, y este contenido es recortado y organizado de formas diferentes según culturas (y lenguas) diferentes. ¿en qué y de qué se le recorta? De una masa amorfa, antes que el lenguaje haya llevado a cabo vivisecciones, que llamaremos el continuum del contenido, todo lo experimentable, lo decible, lo pensable. Si lo desean, el horizonte infinito de lo que es, ha sido y será, tanto por necesidad como por contingencia.
(…)
Si el continuum tiene unas líneas de tendencia, por imprevisibles y misteriosas que sean, no se puede decir todo lo que se quiere. El ser puede no tener un sentido, pero tiene sentidos; quizá no tenga sentidos obligatorios, pero desde luego tendrá sentidos prohibidos. Hay cosas que no se puede decir.
En palabras coloquiales puedes hablar lo que quieras menos cojudeces, porque “el lenguaje no construye el ser ex novo: lo interroga, encontrando siempre y de alguna manera algo ya dado (aunque estar ya dado no significa ser ya finito y completo”. Y ese dado en el ser humano es la MUERTE, primer y principal problema filosófico.
Marina sostiene que, así como hay personas estúpidas, hay sociedades estúpidas y estas se pueden definir como aquellas que, en el debate público, ante un problema, en lugar encontrar soluciones, encuentran dificultades y más problemas y no llegan a una respuesta para resolver el problema.
Una gran dificultad en la democracia peruana es como resolver el conflicto. ¿Hubo fraude en las elecciones del Perú en el 2021? ¿en verdad existe la mafia caviar? ¿Keiko Fujimori es víctima de una persecución política por parte los caviares de la fiscalía? ¿López Aliaga, autodenominado porky, es el mejor alcalde de Lima? En fin, podemos hacernos cientos de preguntas y nunca podremos tener un mínimo de acuerdo y la realidad dura avanza: 45% de niños con anemia un tercio de la población en riesgo alimentario.
En mi estancia en la selva peruana me tocó vivir en una casa que quedaba al lado de un lugar que era conocido por vender licor a alcohólicos indigentes y que era apodado “el congreso”, nunca entendí la referencia hasta que un día ingrese a ese lugar, por un motivo que no recuerdo, y descubrí porque ese lugar tenía ese apelativo, al fondo de la casa había un patio de tierra, en ese lugar, desparramados al azar y sentados donde mejor podían, porque no había sillas, ni música, ni mujeres exuberantes que atendieran, salvo una jovencita, invisible para los ojos de los asistentes, que repartía el licor, se encontraban los concurrentes, de diferentes edades, agrupados entre dos, máximo entre tres conversando de lo que sucedía en la ciudad, es decir de política.
Que escena para más extraña, esos hombres alcoholizados, excluidos, marginados se entregaban al viaje habito de la polémica, de la conversación, para resolver los problemas de la comunidad. Viéndolo a la distancia, algo los unía, no los vi exasperados ni violentos entre ellos, esa comunidad de iguales, creían en una realidad, dispar, incompleta, con diferentes opiniones, pero sin alterarla, aunque estuviese alcoholizados.
Como conversar con alguien que niega la realidad, como sentarse en la mesa de la política, cuando los sueños, las historias, los periódicos, las redes sociales, la inteligencia artificial, nos hacen sospechar de nuestros sentidos y, por tanto, de la materialidad del mundo. ¿Cómo encontrar sentido en ese desierto, provocado por la sobreinformación? Volviendo a nuestro ser, a lo que sentimos, a lo angustia de la muerte, al dolor, a la alegría, a sentir la tierra bajo nuestros pies descalzos, a volver a temer la oscuridad, a nuestros sueños de esperanza, a nuestros sentimientos de rebeldía, a aburrirnos, a indignarnos. Eco tiene razón, no hay sentidos, destinos, causas, proyectos obligatorios, hay una enorme posibilidad de acción en el ser humano, pero si hay contrasentidos, y es fácil verlos: no puedes ver soldados matando niños, sean judíos o palestinos; no puedes ver la riqueza extravagante, al lado del hambre; no puedes hablar de inteligencia artificial a costa de una manada de estúpidos humanos, porque quizá no vuelva a aparecer un nuevo Prometeo; en fin hay algo sencillo que los pensadores de la revolución francesa dijeron, y que sigue siendo válido, las personas, los ciudadanos, la gente de carne y hueso no crean instituciones políticas, sociales, artísticas, científicas, para ser unos desgraciados.
Arequipa, 13 septiembre de 2026
Autor: Hector Juarez Camargo
(Arequipa, 1968), abogado de profesión por la Universidad Católica Santa María (UCSM), licenciado en Filosofía en la Universidad Nacional de San Agustín (UNSA), magister en Ciencia Política y Gobierno con mención en Políticas Públicas y Gestión Pública, por la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) Docente en diferentes universidades. Con amplia experiencia en la gestión pública.
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