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- Pacha, tiempo profundo y alienación ontológica
El tiempo no es únicamente una magnitud física que transcurre de forma lineal y uniforme; es una experiencia moldeada por la cultura, la historia y la arquitectura del poder. En nuestra vivencia cotidiana de la modernidad contemporánea, el presente se experimenta bajo un dinamismo paradójico: oscila entre la aceleración tecnológica vertiginosa e instantánea y un estancamiento denso y asfixiante. Esta elasticidad temporal nos aproxima al concepto del cronotopo formulado por Mijaíl Bajtín, donde la duración se dilata o se contrae según la densidad narrativa de la experiencia humana, coincidiendo con la intuición leniniana sobre esos momentos de quiebre histórico en los que semanas concentran el peso de décadas.
En el contexto peruano, la comprensión del tiempo adquiere una complejidad ontológica singular. Como observó José Carlos Mariátegui, en el Perú coexisten de manera simultánea múltiples estratos del pasado junto a las dinámicas de un presente marcado hoy por la inmediatez digital. Frente a la linealidad eurocéntrica, la matriz de pensamiento andina ofrece una concepción integradora: la noción de Pacha. Lejos de la reducción folclórica que traduce Pachamama como mera “Madre Tierra”, el vocablo Pacha abarca de forma indisoluble el espacio y el tiempo. El tiempo es la tierra y la tierra es el tiempo; el territorio no es un escenario pasivo, sino un organismo vivo en el cual transcurre la existencia. El campesino indígena no contempla la tierra como un mero recurso extractivo, sino como origen y destino del ciclo vital.
La irrupción del colonialismo y la posterior estructuración de la República no inauguraron una era de desarrollo armónico, sino una violenta interrupción histórica. Este quiebre trastocó los sentidos y la organización socioespacial, instaurando un prejuicio persistente: la premisa colonial de que todo aquello proveniente de la matriz indígena representa el atraso, la tara histórica o el freno al progreso, exigiendo su asimilación o borrado.
El impacto más severo de este proceso no es únicamente material, sino subjetivo. El colonialismo mental opera despojando al sujeto de su propio ser e induciendo una alineación compulsiva: el deseo trágico de ser aquello que no se es ni se podrá ser jamás. El sujeto colonizado aprende a aborrecer su identidad, abrazando los símbolos de la dominación. De esta enajenación deriva el racismo estructural e institucionalizado de la sociedad peruana: un sistema deshumanizante que solo tolera la integración del individuo de origen indígena a condición de que se blanquee, adopte la máscara hegemónica y reniegue de sus raíces.
2. La vanguardia ausente: cooptación criolla y la urdimbre del pensamiento originario
El diagnóstico de Mariátegui en sus 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana no fue meramente socioeconómico, sino una interpelación epistemológica radical. Al sostener que la cuestión del indio no se resuelve mediante la caridad filantrópica, la instrucción oficial ni el paternalismo pedagógico, el Amauta planteaba que la autoemancipación exige la gestación de una vanguardia teórica y política nacida de la propia matriz originaria. Sin intelectuales orgánicos formados en la tensión de su propio territorio, la causa indígena corría el riesgo permanente de ser traducida, estilizada o desactivada por las élites mestizas y criollas.
Frente a esta exigencia, la historia cultural del Perú aplicó una estrategia perversa: la blanqueización ideológica y la cooptación simbólica. Figuras tutelares como el propio José Carlos Mariátegui, César Vallejo y José María Arguedas constituyen la encarnación más alta de esa intelectualidad originaria. Mariátegui pensó el marxismo desde el ayllu y el sentimiento andino; Vallejo reestructuró el lenguaje poético castellano desde la sintaxis aflictiva y la sensibilidad del hogar andino en Santiago de Chuco, del Perú y del mundo; Arguedas operacionalizó la bilingüidad y el universo animista quechua como matriz narrativa. Sin embargo, el canon criollo y la academia centralista los despojaron de su densidad territorial, subsumiéndolos en categorías neutras —el “ensayista marxista”, el “poeta universal”, el “antropólogo mestizo”— para asimilarlos al canon occidental y perpetuar la ilusión de que el pensamiento complejo es patrimonio exclusivo de la herencia europea.
Para desmantelar esta trampa es imperativo redefinir, con rigor histórico, la categoría de indígena. En el plano de las ciencias sociales, indígena es todo aquello y aquel que es originario del territorio que habita; es la expresión del continuo histórico de un lugar. En el Perú, esto exige una interpretación amplia: todo lo que proviene del Perú profundo y hunde sus raíces en la matriz andino-amazónica es indígena. No se trata de una categoría folclórica o de una condición de postergación rural, sino de la pertenencia territorial, cultural e intelectual al substrato histórico resistente al enclave colonial. Por el contrario, la matriz alógena e importada de Europa ha operado como el factor determinante de la enajenación nacional.
3. El triunfo del racismo y la enajenación en la política contemporánea
El racismo y la alienación cultural en el Perú contemporáneo han alcanzado su expresión más crítica. Gran parte del electorado ha respaldado históricamente a liderazgos que niegan y repudian la identidad andino-amazónica. La figura de Keiko Fujimori y las fuerzas conservadoras encarnan esta narrativa que subordina las cosmovisiones originarias a un modelo centralista y extractivista.
En este escenario habitan singularidades socio-políticas fundamentales:
- Las falsas representaciones: La experiencia política previa mostró matices de aculturación y distancia simbólica. Alejandro Toledo, pese a exhibir un rostro andino, gobernó subordinado a preceptos ideológicos y económicos marcadamente occidentales. Por su parte, Ollanta Humala, portador de un nombre de raíz originaria, experimentó una evidente enajenación cultural, reproduciendo en la gestión estatal la conducta tradicional del patrón colonizador.
- El rechazo al profesor rural: La elección de Pedro Castillo, un docente rural de clara ascendencia e identidad indígena, desató una reaccionaria ola de desprecio clasista y racial. Retomando la dolorosa metáfora de José María Arguedas, su presencia en el poder fue tratada por los poderes mediáticos y políticos como “excremento de caballo”. Esta animadversión escaló hasta su destitución e internamiento en prisión; hoy, el Estado racista tiene a su captor en el Congreso como premio y a quien articuló el complot fungiendo de presidenta.
El Perú de hoy refleja la síntesis del avasallamiento ejercido por una cultura hegemónica eurocéntrica. No obstante, este panorama no se explica únicamente por la presión del bloque dominante, sino también por el retroceso de las vanguardias intelectuales de origen indígena y regional, que han preferido encaramarse en las academias tradicionales antes que asumir su papel histórico.
4. Civilización, identidad y resistencia: La lección de las matrices milenarias
Mientras el Perú atraviesa una etapa de reempoderamiento de la vertiente occidental y alóctona, el escenario internacional ofrece ejemplos donde la reafirmación de una identidad civilizatoria milenaria se convierte en el pilar fundamental de la soberanía y la resistencia geopolítica.
- China y el Estado-civilización: El desarrollo contemporáneo del gigante asiático no se fundamenta únicamente en reformas económicas, sino en su autopercepción como un Estado-civilización. Apoyándose en más de cinco milenios de continuidad cultural e institucional, China ha rechazado la asimilación acrítica de los modelos de gobernanza occidentales, edificando una matriz de desarrollo socioeconómico propia capaz de disputar la hegemonía global.
- Irán y la profundidad histórica persa: Heredero de la civilización persa, el Estado iraní ha construido una estructura política y social capaz de resistir décadas de aislamiento, sanciones y hostilidad imperial. La apelación constante a su legado milenario actúa como un factor de cohesión interna y dignidad nacional, permitiéndole mantener una postura soberana y de alta disuasión regional.
Frente a la tendencia postcolonial de asumir la hegemonía occidental como la única vía al progreso, estas grandes civilizaciones demuestran que la defensa de una matriz cultural propia no es un retroceso, sino la condición indispensable para edificar un país autónomo y resistente.
5. El triunfo del tiempo profundo: La civilización como doctrina de guerra asimétrica
El análisis de los conflictos contemporáneos suele reducirse a métricas inmediatas: poder de fuego, hegemonía satelital o tracción algorítmica. Sin embargo, cuando una potencia tecnológica hipermoderna choca contra una civilización continua de miles de años, las métricas convencionales colapsan. La confrontación entre la coalición liderada por Estados Unidos e Israel frente a Irán ha dejado en evidencia que el verdadero centro de gravedad no reside únicamente en la sofisticación del armamento, sino en la profundidad del sedimento cultural que sostiene a un pueblo.
Tal como ocurrió con la Guerra de Vietnam —donde la victoria territorial del pueblo vietnamita fue reelaborada por la maquinaria audiovisual de Hollywood para fabricar una narrativa de invencibilidad occidental—, el bloque hegemónico intenta aplicar hoy el mismo libreto. Frente a la incapacidad de sostener una victoria real sobre el terreno ante la estrategia asimétrica iraní, se recurre a la posverdad y a la guerra de información. Sin embargo, la brecha entre la percepción fabricada y la realidad operativa ha alcanzado un punto de quiebre.
¿Cómo se explica que una nación sometida a décadas de cerco económico prevalezca frente a los presupuestos militares más abultados del planeta? La respuesta radica en la civilización como doctrina organizativa:
- La moral del tiempo largo: Las potencias occidentales operan bajo ciclos electorales breves y una opinión pública sensible al costo inmediato. En contraste, la psique colectiva persa opera desde la noción de Iranshahr y la temporalidad del tiempo profundo. La paciencia estratégica iraní neutraliza la doctrina occidental de guerra rápida y devastación relámpago.
- La red descentralizada y el tejido comunitario: La estructura de la resistencia iraní refleja el modelo de organización tradicional de su territorio: unidades autónomas, adaptativas y cohesionadas por un código común. Frente a la doctrina de mando y control centralizado vulnerable al sabotaje tecnológico, la ciudadanía y la milicia operan como un tejido social orgánico donde la noción de dignidad colectiva reemplaza al cálculo mercantil.
- La síntesis identitaria: La eficacia bélica iraní se nutre de un hondo archivo simbólico. La épica del Shahnamé (la defensa perpetua del territorio frente a la injusticia) se fusiona simbióticamente con el ethos del chiismo, vertebrado sobre la resistencia del oprimido (mastaz’afin) frente a la tiranía.
Este conflicto demuestra que la hipermodernidad tecnológica es insuficiente cuando intenta quebrar a un pueblo cuya estructura de resistencia se ha refinado a lo largo de milenios de invasiones digeridas y superadas.
6. El Perú como cuna civilizatoria: Memoria, resistencia y vanguardia
El Perú no es simplemente un país más en el concierto de naciones modernas; es uno de los escasos núcleos donde la especie humana inventó de manera autónoma la civilización. Esta condición de cuna milenaria, equiparable únicamente a focos primigenios como Mesopotamia, Egipto, la India, China y Mesoamérica, le otorga una densidad cultural que sostiene su capacidad de resistencia socio-histórica.
- La evidencia autónoma: Como demostró Ruth Shady con Caral (3000 a. C.), el proceso civilizatorio andino no fue resultado de migraciones ni préstamos externos, sino de una respuesta colectiva y científica ante las complejidades del territorio. Asimismo, Arnold J. Toynbee identificó a la civilización andina como una de las civilizaciones primarias de la humanidad, destacando su brillante “respuesta al desafío” (challenge and response) ante una geografía extrema mediante la verticalidad ecológica y la ingeniería hidráulica.
- Memoria y resistencia: Esta raíz dota al pueblo andino-amazónico de una notable resiliencia. Alberto Flores Galindo, en Buscando un inca, analizó cómo la “utopía andina” no era una mirada nostálgica, sino una reserva moral e ideológica de reconstrucción social. Por su parte, José María Arguedas, con su concepto de “todas las sangres”, planteó que la potencia del Perú reside en la capacidad del sujeto indígena de asimilar la modernidad sin renunciar a su matriz cultural.
- El papel de la vanguardia intelectual: Esta potencia histórica corre el riesgo de permanecer dormida si no es asumida por sus intelectuales. Mariátegui sostuvo que el problema nacional exige una “creación heroica”: reinterpretar la realidad a partir de las raíces comunitarias andinas. Ante la enajenación académica eurocéntrica, pensadores de la colonialidad del poder como Aníbal Quijano y Walter Mignolo plantean la necesidad de un “desprendimiento epistémico” para visibilizar la matriz civilizatoria, generar conciencia de la continuidad histórica del Ayni y construir un horizonte verdaderamente soberano.
7. Pachacuti y la tarea histórica: Hacia la restitución civilizatoria
La transformación profunda del Perú no vendrá de la mera alternancia dentro de un sistema político configurado sobre las bases del colonialismo mental y la subordinación epistémica. Superar el racismo estructural exige una ruptura tajante con las estructuras hegemónicas que pretenden reducir una cuna civilizatoria a una periferia receptora de modelos ajenos.
Para que esta ruptura se concrete, la lección de Mariátegui cobra una urgencia ineludible: se requiere la consolidación de intelectuales orgánicos surgidos de la propia matriz andino-amazónica. No aquellos que buscan la legitimación en las academias pro-occidentales o que conciben el legado ancestral como un objeto folclórico, sino vanguardias conscientes de su papel histórico, capaces de emprender la “creación heroica” de articular la ciencia y la tecnología contemporáneas con la filosofía de la reciprocidad y la ingeniería comunitaria.
En la cosmovisión andina del espacio-tiempo (Pacha), las crisis profundas no representan el fin de la historia, sino el preludio inevitable del Pachacuti: el gran cambio de rumbo, el alumbramiento de una nueva era donde el orden trastocado se reordena desde sus bases.
El Perú de hoy se encuentra en ese umbral decisivo. El agotamiento de las élites tradicionales y el callejón sin salida del racismo de Estado señalan que la hora de la subordinación ha llegado a su fin. La restitución del Perú como una nación soberana, plurinacional y justa depende de asumir esa densidad milenaria para edificar, desde las raíces vivas de todas las sangres, un proyecto de país resistente, autónomo y plenamente emancipado.
Foto de portada:
Reproducción fotográfica de un óleo “Quipucamayoc” de José Sabogal
Autor: José Justo Calderón Dongo
(Arequipa, 1971)
Antropólogo, estudioso de la obra de José María Arguedas, así como de la obra de K.M., escritor comprometido, y militante desde la producción audiovisual.
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