2024 Eyad Baba/AFP via Getty Images.
Un fantasma recorre El Perú,
el fantasma del fujimorismo
que ahora tiene cuerpo y se llama Keiko Fujimori.
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Las elecciones del 2026 han dejado un país dividido: Lima vs provincias, el norte y oriente versus la macrosur, pero esta división, no es reciente, tiene un origen y lo podemos situar en las elecciones del año 1990, la batalla entre Mario Vargas Llosa, representando a la derecha peruana y Alberto Fujimori representando, en ese momento, las reivindicaciones populares.
La derecha en su desesperación, ante la futura derrota electoral, llegó al extremo de sacar en procesión al Señor de los Milagros y a la Virgen de Chapi, parece que esa burla a este Dios vengativo hizo que Fujimori aplicara las recetas neoliberales del escritor, a la vez que los poderes fácticos del país decidieron tomar medidas para que en caso de perder las elecciones nunca perdieran el poder, por ello en el siglo 21 político peruano, el modelo económico implantado por el fujimorismo se mantuvo, salpicado de reformas tibias y autorizadas, por los gobiernos que aparecieron y desaparecieron sin poder construir partidos políticos sólidos.
A comienzos del milenio, ante la renuncia de Fujimori asilado en Japón, el pueblo peruano se dividió en fujimoristas y antifujimoristas, estos últimos se descubrieron decepcionados de haber sido gobernados por un japonés ladrón y asesino mientras que los primeros reivindicaban al fujimorato como un gobierno efectivo y de alcance popular. Ambas posiciones nunca pudieron tejer un puente en el presente siglo, prueba de ello es que la llamada Comisión de la Verdad y Reconciliación, cuando emitió su informe final se volvió en un punto de enfrentamiento que perdura hasta nuestros días, al extremo de que el fujimorismo no acepta el concepto de “conflicto interno” y sostiene en reducirlo a “terrorismo”.
La desfujimorización del país sólo alcanzó el nivel judicial, ahí están los cientos de procesados y encarcelados por corrupción, pero no se pudo hacer a nivel político, ni social. Fujimori dejó como herencia a partir de esa fecha algunas características muy arraigadas, que cada gobierno local o regional, ministerio o agencia se manejase desde la sombra con un asesor al estilo Vladimiro Montesinos, encargado de operativizar la práctica corrupta y la correspondiente impunidad, y que el poder político, a través del gobierno, sólo podía servir para los intereses personales o de un grupo en particular y no a favor de la nación. Para la población se dejó como herencia el caos social, la televisión basura y la ausencia de empatía, que se traduce que cada uno se salva como puede.
Hugo Neira sostiene que Alberto Fujimori tenía todos los males peruanos, pero con el agravante que no nos quería como su patria, lo mismo se puede decir de su hija. Si algo hay que reconocer a Keiko es su tenacidad de esperar pacientemente 25 años para alcanzar el poder, pero su odio se traduce en haber provocado, en los últimos 10 años, que el país padezca del caos político, quizá uno de los más grave de su historia, para que sea sobre estas ruinas las que se edifique su gobierno.
“Tengo el orgullo de ser peruano y soy feliz” dice un vals popular, pero en el 2020, en el año de la pandemia, la caída de Vizcarra, las marchas de noviembre, con la muerte de dos estudiantes, contra el presidente encargado Manuel Merino, fuimos uno de los países más triste del mundo (32%) y ese orgullo no pudo soportar la prueba de la precariedad económica pues en los últimos años (2022-2024) más de un millón de peruanos migraron de manera permanente en busca de un mejor destino.
La crisis política resultó un pozo sin fondo y la democracia peruana sufrió las consecuencias, es así como en el 2010 un 28% de la población podía declarar sentirse satisfecha con la democracia, en el 2023 y 2024 el porcentaje era 9 y 10% respectivamente, el desmadre fujimorista licuó el concepto democrático en los peruanos.
El psicoanalista peruano Jorge Bruce afirma que el Perú es un “páramo lúgubre y sombrío en el que estamos sobreviviendo (…) que vivimos en la putrefacción de la política, las mafias y la inseguridad”. Un repaso de nuestra vida política lo confirma: Fujimori, extranjero, ladrón y asesino. Toledo, un borrachín corrupto que hoy llora por su libertad. Alan, que prefirió el suicidio, que los grilletes. Ollanta, reducido a “cosito” por culpa de Nadine. PPK, cuya vejez no le llegó ni con coraje ni sabiduría. Vizcarra, olvidado y sentenciado. Castillo, preso y un mal simulacro de la izquierda. Y ahora volvemos a los noventa, en pleno 2026, con Keiko.
Si en los noventa ni lo santos pudieron hacer perder a Alberto, en el 2026 la jugada de los votos extranjeros ha llevado a Keiko a la presidencia, es una derrota y no hay necesidad de maquillarla. Inti Illimani, en Vuelvo, cantan “la derrota es siempre es breve un estimulo que mueve la vocación de su guerra” será una batalla tras otra, el triunfo no está garantizado, pero quizá sea la ultima batalla para desterrar, por fin, al fujimorismo.
Arequipa, 2026 agosto 09
Autor: Hector Juarez Camargo
(Arequipa, 1968), abogado Universidad Católica Santa María (UCSM), Lic. en Filosofía – Universidad Nacional de San Agustín (UNSA), magister en Ciencia Política y Gobierno con mención en Políticas Públicas y Gestión Pública – Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) Docente en universidades publicas y privadas.
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