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Los ricos de la edad media tenían un enemigo formidable; dios. Sobre todo, al final de su vida descubrían a ciencia cierta que deshacerse de su riqueza era tan jodido como crearla. Dios los había vigilado toda su vida, los había ayudado y ahora repudiaba su conducta. El camino se acaba y había que preparar el alma para que un día parta limpia como una gota de rocío.
A la sociedad feudal su simple existencia los inquietaba, no sabían qué hacer con ellos, por naturaleza eran unos pecadores condenados por avaricia a los castigos del infierno. Retener bienes con excesivo afán era un pecado capital contra Dios ya que preferían las cosas temporales a las cosas eternas, lo que llevaba a la dureza del corazón, a la falta de humanidad y misericordia. Condenaban el exceso, no los bienes en sí, porque servían para satisfacer necesidades básicas. Creían que tomar cosas no era un acto pacífico, sino que se hacía por medio de la violencia, el engaño, el fraude y la traición. Terminología que con el tiempo cambiaría a una más técnica, como tecno feudalismo, pero carente de condena social. También con el tiempo el termino ricos habría de desaparecer para llamarlos capitalistas, sociedad alta, millonarios, banqueros, etc.
Dios y el ser humano son un dúo explosivo. Naturalmente, la sociedad feudal no tenía ningún problema con la codicia de la nobleza, se creía que por su alto estatus Dios no los mandaría al infierno por avariciosos, sino que más bien correspondía a los planes de Dios. Era la riqueza de los plebeyos la que creaba el problema. Todo empezó en siglo xi cuando se va de una economía rural de subsistencia a una economía basada en el comercio, la circulación monetaria y sobre todo instrumentos financieros que ayudaban a las transacciones internacionales, como diríamos hoy. Las oportunidades para los emprendedores de fortunas no tenían precedentes. Y desde entonces no han parado de cargarse cualquier obstáculo en su ascenso acumulativo de bienes. Dios, su mayor enemigo ya no los asusta, están convencidos de que es un farsante.
La estructura teórica de la sociedad feudal no podía ser más retorcida. Curiosamente, los trabajadores humildes heredarían el reino de los cielos. Laicos y religiosos los necesitaban porque ayudarían a los ricos por medio de la limosna a ganarse el paraíso. No les bastaba con consumirles toda su vida, sino que deberían servir de vehículo para entrar a la gracia de Dios. Los comerciantes no eran aceptados. Los teólogos escolásticos creían que la actividad mercantil era perjudicial para el alma, desalentaban su práctica.
Entonces los comerciantes trataron de abrirse camino al paraíso por sí mismos. No se les ocurrió mejor idea que usar el cuerpo del delito para solucionar sus pecados; el dinero. Legaban enormes cantidades a instituciones religiosas y benéficas para que sacerdotes y monjes recen por sus almas eternamente o por lo menos durante décadas. Y es que había un escollo en su camino al paraíso; el purgatorio. Les preocupaba mucho el tiempo que tardarían en cruzarlo, necesitaban un empujón desde la tierra para ascender a la vida eterna. Querían asegurarse que sacerdotes y monjes con sus misas y rezos ayudarían a que el tiempo sea lo más breve posible. Temían el purgatorio, era una suerte de correccional donde había que soportar castigos físicos para purgar sus vicios. Por ejemplo, los soberbios a cargar enormes rocas para doblegar el orgullo y los envidiosos llevaban los párpados cosidos con alambre. El Purgatorio, probablemente, sea la parte más bella e imaginativa de la Divina Comedia del Dante. A diferencia de los condenados al infierno, los del purgatorio llevaban sus castigos con cierto gusto porque sabían que su destino final era vivir al lado de Dios. Todo esto parece fantasía, pero no, estaban atrapados por la religión hasta las trancas.
En la sociedad medieval los ricos no solo se los consideraba pecadores, sino que ya se dieron cuenta, y el tiempo lo confirmaría, que su presencia podría desestabilizar la sociedad, generar violencia, mala conducta económica y sería bien difícil castigarlos por la distancia que ponía su riqueza y el resto de la sociedad. Eran conscientes del enorme poder político que iban adquiriendo tanto que era razonable pensar que estaban entre los demás como Dios está entre los hombres. La idea ya venía desde Aristóteles. En un gobierno democrático que persigue el bien común los nuevos ricos deberían ser expulsados porque perseguían su propio interés. Además, alentaban revoluciones para deponer al rey o evitar el cobro excesivo de impuestos reales sobre sus riquezas.
Más de 700 años que los ricos moldean el mundo a su manera. Empezaron como pecadores problemáticos y peligrosos desestabilizadores, luego filósofos y teólogos los empezaron a presentar como importantes contribuidores a la sociedad y con virtudes morales. Hoy basta ver una foto para ver quien rodea al gobernante elegido democráticamente
Para acabar, las formas de acumular dinero, riqueza, capital o como se lo quiera llamar siempre van a cambiar. El Tecno feudalismo es una más. En el fondo importa poco. Porque quien logre hacerlo pronto se ubicará en la posición que su clase económica inevitablemente lo condena. Los intelectuales son particularmente hábiles para explicar los problemas, pero todo queda en el libro y el mundo sigue girando de la misma manera desde que hay clases sociales. Al pib mundial las ciencias sociales aportan cero, y cuyo amasijo de ese conocimiento está en las universidades, institutos y organismos mundiales.
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Autor: Samuel Alvarez Roque
(Moquegua, 1964)
Tiene estudios de Literatura en la UNSA. Estudió en el ICPNA. Ha realizado traducciones académicas y literarias. Y se dedica a la composición fotográfica.
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